Ferenczi, discípulo y amigo de Freud, y autor del artículo sobre “Un pequeño hombre-gallo” al que se refiere aquí para defender sus tesis acerca del totemismo.

Foto de Sandor Ferenczi (1873-1933).

TÓTEM Y TABÚ (1912-1913)

Esta obra consta de cuatro ensayos (que fueron previamente publicados en la revista “Imago”) en los que Freud intenta aplicar los hallazgos del psicoanálisis a algunos de los problemas no resueltos de la psicología social, concretamente a dos grandes temas de investigación de la antropología en aquella época: los tótems y los tabúes.

En el tercer ensayo, titulado “Animismo, magia y omnipotencia de las ideas”, Freud expone que el animismo es un auténtico sistema intelectual, la primera teoría completa del mundo, y propone interpretarlo del mismo modo que un sueño para conseguir su comprensión, es decir, considerando que bajo la fachada de su contenido manifiesto, que ha pasado por el proceso de la elaboración secundaria para adquirir una aparente coherencia con sus justificaciones supersticiosas, se ocultan las verdaderas ideas latentes formando un sistema que sí posee un sentido racional, un sistema lógico que es lo que en realidad interesa descubrir.

Para explicarlo utilizando un ejemplo de las neurosis, vuelve a referirse a una enferma obsesiva que ya había mencionado con anterioridad(186) en el ensayo sobre “El tabú y la ambivalencia de los sentimientos”, y aquí cuenta que esta mujer, que se hallaba afectada por la repulsa de un deseo inconsciente de muerte contra su marido, padecía de una fobia a oír hablar de la muerte en general. “Sin embargo, en su fobia, manifiesta y sistemática, no piensa la paciente para nada en su marido, el cual aparece eliminado de sus cuidados y preocupaciones conscientes”. No obstante, cuando un día oye que éste encarga que manden a afilar sus navajas de afeitar a una tienda, va en seguida a ver dónde se halla situada esa tienda, y a la vuelta de su viaje de exploración le pide muy inquieta a su marido que se desprenda para siempre de sus navajas porque ha encontrado que al lado de la susodicha tienda hay una funeraria. Freud aclara que en realidad daba igual que existiera allí una funeraria o no, porque, de no ser así, seguro que la enferma habría encontrado en ese mismo viaje alguna otra excusa para enlazar las navajas de afeitar con la idea de muerte: bastaría que se hubiera cruzado en su camino con un entierro o una persona de luto, por ejemplo. De lo único que se trataba en verdad era de “un acto de defensa contra el placer que la paciente experimentaba ante el pensamiento de que al servirse de las navajas recientemente afiladas podía su marido cortarse fácilmente el cuello”.

“Exactamente del mismo modo podemos reconstruir y detallar una perturbación de la deambulación, una abasia o una agorafobia, en los casos en que uno de estos síntomas ha conseguido sustituir a un deseo inconsciente y a la defensa contra el mismo. Todas las demás fantasías inconscientes o reminiscencias eficaces del enfermo utilizan entonces tal exutorio para imponerse, a título de manifestaciones sintomáticas, y entrar en el cuadro formado por la perturbación de la deambulación, afectando relaciones aparentemente racionales con los demás elementos. Sería, pues, una empresa vana y absurda querer deducir, por ejemplo, la estructura sintomática y los detalles de una agorafobia del principio fundamental de la misma.

La coherencia y el rigor de las relaciones no son sino aparentes. Una observación más penetrante descubrirá en ellas, como en la formación de la fachada de un sueño, las mayores inconsecuencias y arbitrariedades. Los detalles de tal fobia sistemática toman su motivación real de razones ocultas, que pueden no tener nada que ver con la perturbación de la deambulación. A esta circunstancia se debe también que las manifestaciones de estas fobias difieran tan profunda y radicalmente de una persona a otra.”(187)

Como vemos cuando Freud se refiere a los “detalles de tal fobia sistemática”, de lo que se trata a partir de estos desarrollos que realiza ahora es de considerar la fobia como sistema, como un sistema de pensamiento similar al animista.

Al apartado tercero del cuarto ensayo (“El retorno infantil al totemismo”) llega Freud buscando la explicación de la “fobia del incesto” (sic), después que hacia el final del segundo se ha visto compelido a suscribir “la resignada confesión de Frazer: ‘Ignoramos el origen de la fobia del incesto y no sabemos siquiera en qué dirección debemos buscarlo. Ninguna de las soluciones propuestas hasta ahora nos parece satisfactoria’.”(188)

Así que en este tercer apartado se propone utilizar el psicoanálisis para proyectar alguna luz sobre las tinieblas que rodean los tótems y los tabúes y, puesto que la actitud del niño con respecto a los animales es muy análoga a la del primitivo, decide centrarse, en primer lugar, en el cuadro clínico de las zoofobias de los niños.

Menciona a Karl Abraham y al doctor Wulff, de Odesa, por sus contribuciones sobre el tema; reconoce que “Las zoofobias de los niños no han sido aún objeto de un detenido examen analítico, no obstante merecerlo en alto grado”, y sostiene que “En todas ellas [las zoofobias] se nos ha revelado, sin excepción, que cuando el infantil sujeto pertenece al sexo masculino, se refiere su angustia a su propio padre, aunque haya sido desplazada sobre el animal objeto de la fobia.”(189)

A continuación hace su primera relectura del “Caso Juanito” (la segunda y última será en “Inhibición, síntoma y angustia”), con una mención al complejo de Edipo como complejo central de las neurosis y justificando su referencia al análisis de Juanito porque le “reveló una nueva circunstancia, muy interesante desde el punto de vista del totemismo, pues vimos que había desplazado sobre el animal una parte de los sentimientos que su padre le inspiraba.”(190)

Y siguiendo el mismo camino, con esta relectura del caso Freud viene a adelantar lo que más adelante escribirá sobre el mecanismo de la fobia en “Inhibición, síntoma y angustia”, lo cual Yafar esquematiza del siguiente modo:

“1. Ambivalencia ante el padre (admirado y temido).
2. Escisión del amor-odio, pues el primero persiste en la figura paterna y el segundo se desplaza al animal.
3. Recrudecimiento de la ambivalencia en el propio animal.
4. Identificación con el mismo.”(191)

Pero como Yafar también señala, esto implica una contradicción, ya que si al principio del apartado dice Freud que el niño se identifica con el animal mejor que con los adultos educados y civilizados, que le resultan más enigmáticos, porque niño y animal comparten la espontaneidad y la soltura vital perdida por los adultos, lo que el niño debería temer es que el padre castrase al animal, que por desplazamiento debería representarlo primero a él. Entonces, “imaginarizar la cuestión como desplazamiento por contigüidad de ‘naturalezas’ tiene límites teóricos y clínicos”(192), y la solución a este problema se halla en la idea del “Otro del síntoma”, que ya mencionamos de pasada cuando estudiábamos el “Caso Juanito” y veremos con más claridad cuando lleguemos a la obra de Lacan.

Finalmente, Freud se refiere al pequeño Arpad, un niño estudiado por Ferenczi que sitúa en contraposición a los casos de zoofobias infantiles a los que se ha referido con anterioridad (entre ellos Juanito):

“No podemos menos de reconocer en estas zoofobias infantiles ciertos rasgos del totemismo, aunque bajo un aspecto negativo. Sin embargo, debemos a S. Ferenczi la interesantísima observación de un caso singular, que puede ser considerado como una manifestación de totemismo positivo en un niño. En el pequeño Arpad, cuya historia nos relata Ferenczi, las tendencias totémicas no surgen en relación directa con el complejo de Edipo, sino basadas en la premisa narcisista del mismo, o sea en el miedo a la castración.”(193)

Se trata de un niño bastante extraño(194) que a raíz de haber sido picado en el pene por una gallina mientras orinaba en un corral a los dos años y medio, o al menos haberse asustado por esa posibilidad, desarrolla un año más tarde, probablemente por habérsele sumado en el intermedio las amenazas de castración habituales de la familia por masturbarse, una fuerte identificación con las aves de corral y una gran curiosidad por observarlas e imitarlas, aunque con lo que más muestra siempre gozar es viendo cómo las sacrifican, e incluso jugando a que él mismo las tortura sádicamente hasta matarlas.

No parece desde luego que sea correcto diagnosticarlo de “fobia a los gallos” (como hacen Roudinesco y Plon en su “Diccionario de Psicoanálisis”(195)) y, de hecho, Freud se refiere unos párrafos más adelante en una misma frase a “la zoofobia de Juanito” y “la perversión del pequeño Arpad”(196), pero lo cierto es que a Freud le resulta muy útil para ejemplificar en esta obra la identificación total con el animal tótem y la ambivalencia de los sentimientos respecto a él, apoyando así la conclusión que buscaba de que el tótem representa al padre y el complejo de Edipo es la condición del totemismo, puesto que las dos prohibiciones de éste (no matar al tótem ni mantener relaciones sexuales con las mujeres pertenecientes al clan del tótem) coinciden con los dos crímenes de Edipo (que mató a su padre y se casó con su madre).

© ANTONIO SALVATIERRA

CITAS:

(186) Freud, S.: “Tótem y tabú”, págs. 1764 y 1765. Ed. Biblioteca Nueva. Tercera edición. Madrid, 1973.
(187) Ídem, págs. 1808 y 1809.
(188) Ídem, pág. 1827.
(189) Ídem, pág. 1829.
(190) Ídem, pág. 1830.
(191) Yafar, R.A.: “El caso Hans: Lectura del historial de Freud”, pág. 155. Ed. Nueva Visión. Buenos Aires, 1991.
(192) Ídem, pág. 154.
(193) Freud, S.: “Tótem y tabú”, pág. 1830. Ed. Biblioteca Nueva. Tercera edición. Madrid, 1973.
(194) Véase Ferenczi, S.: “Un pequeño hombre-gallo”, en sus Obras Completas “Psicoanálisis”, Tomo II, págs. 89 a 96. Ed. Espasa-Calpe. Madrid, 1981.
(195) Véase Roudinesco, E., y Plon, M.: “Diccionario de Psicoanálisis”, páginas correspondientes al término “Fobia”. Ed. Paidós. Buenos Aires, 1998.
(196) Véase Freud, S.: “Tótem y tabú”, pág. 1832. Ed. Biblioteca Nueva. Tercera edición. Madrid, 1973.
 

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