Sus aportaciones posteriores.Inicia entonces un recorrido por los desarrollos que ha realizado sobre este tema desde que estableció su segunda tópica en “El yo y el Ello”, manifestando que diez años después sigue considerando firmemente que el yo es la única sede de la angustia, porque no tendría ningún sentido hablar de una angustia del Ello ni adscribir al superyó la facultad de sufrir angustia. Que ha encontrado que las tres clases de angustia principales pueden ser referidas claramente a las tres dependencias a las que está sometido el yo: la angustia real a su dependencia del mundo exterior, la angustia neurótica a su dependencia del Ello y la angustia de la conciencia moral a su dependencia del superyó. Que ha pasado a primer término la función de la angustia como señal y ha perdido interés la materia de que pueda estar hecha la angustia, y que se han aclarado y simplificado las relaciones entre la angustia real y la angustia neurótica. Al respecto, y remitiéndose precisamente a su más reciente investigación sobre las fobias en la histeria de angustia, vuelve sobre cuestiones que ya hemos visto en “Inhibición, síntoma y angustia”, pero afirmándolas ahora con una nitidez y rotundidad que llaman en verdad la atención, especialmente si las confrontamos con las tesis que sostenía sobre la angustia en sus primeros artículos, en los “Tres ensayos”, en el “Caso Hans” y, sobre todo, en las primeras “Lecciones introductorias”. Así, ahora reconoce que: “Según nuestras esperanzas, hubiéramos debido hallar que es la carga libidinosa del objeto materno del niño la que, a consecuencia de la represión, se transforma en angustia y surge en expresión sintomática, como ligada al sustitutivo del padre. No me es posible exponeros al detalle la marcha de tal investigación. Bastará deciros que su resultado sorprendente fue exactamente contrario al que esperábamos. La represión no crea la angustia. Ésta existe con anterioridad. Y es ella la que crea la represión. Pero ¿qué angustia puede ser?. Sólo la angustia ante un peligro exterior, o sea, una angustia real. Es exacto que el niño sufre angustia ante una exigencia de su libido, en este caso ante el amor a su madre, tratándose, por tanto, realmente, de un caso de angustia neurótica. Pero este enamoramiento sólo le parece constituir un peligro interior, al que tiene que sustraerse con la renuncia a tal objeto, porque provoca una situación de peligro exterior. Y en todos los casos que investigamos obtenemos el mismo resultado. Hemos de confesar que no esperábamos que el peligro pulsional interior se demostrase como una condición y una preparación de una situación de peligro exterior y real.”(372) Prosigue aclarando que este peligro real es el castigo de la castración, y que aunque ciertamente no castramos a nuestros niños porque en la fase del complejo de Edipo se enamoren de su madre, “lo decisivo es que el peligro es un peligro que amenaza desde el exterior y que el niño cree en su efectividad”. Y para apoyar su afirmación, incluso recurre de nuevo a la filogénesis, al mito del padre de la horda primitiva, a los rituales de entrada en la edad viril, a la circuncisión aún hoy en día practicada entre los creyentes en la religión judía,…(373) Tras precisar que en las mujeres lo que actúa en lugar del miedo a la castración es el miedo a la pérdida del amor, nos dice que no debemos rechazar la idea de que estas condiciones de angustia repiten la vivida en el trauma del nacimiento, y vuelve sobre lo que ya nos habló en el capítulo VIII de “Inhibición, síntoma y angustia” acerca del desarrollo que se observa de las situaciones peligrosas a partir de esta primera, para acabar señalando, como entonces, que lo que caracteriza a los individuos que llamamos neuróticos es que “permanecen infantiles en su conducta ante el peligro y no han dominado condiciones de angustia ya anticuadas”, sólo que en esta ocasión agrega algo más: “el porqué no es tan fácil de fijar”(374). En las relaciones entre la angustia y la represión hemos encontrado pues, hasta el momento, dos cosas: que es la angustia la que produce la represión, no al revés, y que la situación pulsional temida se refiere a una situación de peligro exterior. ¿Cómo nos propone Freud ahora que nos representemos el proceso de la represión?. Cuando el yo advierte que la satisfacción de una exigencia pulsional provocaría una situación peligrosa, recurre, en un proceso que no es ni consciente ni preconsciente, a una técnica que es en el fondo idéntica a la del pensamiento normal. De forma inconsciente por tanto, utilizando pequeñas magnitudes de energía, el yo anticipa la satisfacción del impulso pulsional para generar la señal de angustia y poner en movimiento el principio del placer, que lleva entonces a cabo la represión. Después, en el yo son posibles varias reacciones e incluso diferentes mezclas de ellas: El acceso de angustia puede desarrollarse completamente y hacer que el yo se retire de la excitación rechazable, o bien el yo puede oponer una carga contraria a la excitación, con la energía que afluye de la represión, y producir un síntoma, o incorporar una formación reactiva, como intensificación de alguna de las disposiciones previas del yo o como modificación permanente. Y hasta en aquello que llamamos “carácter” (aunque se debe primordialmente a la incorporación de la instancia parental y a las identificaciones posteriores), también intervienen los productos reactivos que el yo adquiere en sus represiones y en la repulsa de los impulsos pulsionales indeseables.(375) Todo esto sucede en el yo en relación a la represión, pero ¿qué sucede mientras en el Ello?. ¿Qué sucede con la energía de la carga libidinosa?. “Recordaréis nuestra anterior hipótesis según la cual esta carga libidinosa era precisamente lo que la represión transformaba en angustia. Ahora ya no nos atrevemos a afirmarlo así y nos limitamos modestamente a suponer que sus destinos no son siempre los mismos. (…) En algunos casos, el impulso pulsional reprimido conservará quizás su carga de libido, y persistirá inmodificado en el Ello; si bien bajo la constante presión del yo. En otros parece suceder que experimenta un completo aniquilamiento, en el cual su libido queda definitivamente encaminada por otras vías. Así sucedía, a mi juicio, en la solución normal del complejo de Edipo, el cual, en este caso deseable, no queda, pues, simplemente reprimido, sino que es destruido en el Ello. La experiencia clínica nos ha mostrado, además, que, en muchos casos, en lugar del resultado habitual de la represión, tiene efecto un reflujo de la libido, una regresión de la organización de la libido a un estadio anterior. Lo cual, naturalmente, sólo puede acaecer en el Ello y cuando acaece es bajo la influencia del mismo conflicto, que es iniciado por la señal de la angustia. El ejemplo más notorio de este orden es la neurosis obsesiva en la cual actúan de consuno la regresión de la libido y la represión.”(376) Insiste en que más de una fórmula que al principio creía adecuada, se le ha demostrado después insuficiente. Revela que si en otros temas, como el de los sueños, apenas se han realizado descubrimientos en los últimos años, en el de la angustia todo se halla en vías de transformación. Y vuelve sobre lo que ya nos habló en “Inhibición, síntoma y angustia” acerca de la fortaleza del yo cuando actúa como la parte organizada del Ello para iniciar la represión y su debilidad frente al producto de dicha represión, ante el síntoma, que siempre se le resistirá a ser incorporado en su propia organización. © ANTONIO SALVATIERRA CITAS: (372) Ídem, pág. 3149. |
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