Capítulo VII.

Es un breve capítulo de síntesis en el que reconoce no haber conseguido determinar todavía la relación entre la compulsión de repetición y el principio del placer, pero también resalta algunos de sus logros en este trabajo, como el hecho de que en él precisa como una de las más primitivas e importantes funciones del aparato anímico la de ligar las excitaciones afluyentes, tanto del exterior como del interior del cuerpo (fundamentalmente las pulsiones), transformando su carga psíquica móvil en carga en reposo, ligada.

“Durante esta transformación no puede tenerse en cuenta el desarrollo del displacer, pero el principio de placer no queda por ello derrocado. La transformación sucede más bien en su favor, pues la ligadura es un acto preparatorio que introduce y asegura su dominio.

Separemos función y tendencia, una de otra, más decisivamente que hasta ahora. El principio del placer será entonces una tendencia que estará al servicio de una función encargada de despojar de excitaciones el aparato anímico, mantener en él constante el montante de la excitación o conservarlo lo más bajo posible. No podemos decidirnos seguramente por ninguna de estas tres opiniones, pero observamos que la función así determinada tomaría parte en la aspiración más general de todo lo animado, la de retornar a la quietud del mundo inorgánico.”(255)

En otras palabras, si los procesos de repetición lo que procuran es ligar las excitaciones aunque ello conlleve displacer, de esta manera actúan a favor del principio del placer, principio que es una tendencia a la descarga de las excitaciones ligadas y que, por consiguiente, se halla a su vez al servicio de la pulsión de muerte, cuyo fin último es deshacerse absolutamente de ellas y retornar a la quietud del mundo inorgánico. No sólo no hay contradicción, pues, entre principio de placer y pulsión de muerte, sino que además el primero -tal y como veíamos en el capítulo anterior- “es uno de los más importantes motivos para creer en la existencia de las pulsiones de muerte”.

Así, en el ámbito de la sexualidad observamos claramente que el máximo placer aparece asociado a la extinción completa de la excitación:

“Todos hemos experimentado que el máximo placer que nos es concedido, el del acto sexual, está ligado a la instantánea extinción de una elevadísima excitación. La ligadura del impulso pulsional sería una función preparatoria que dispondría a la excitación para su extinción final en el placer de descarga.”(256)

Lo que justifica el que, como ya mencionamos comentando el apartado C de "La neurastenia y la neurosis de angustia", Lacan se refiera en el Seminario 10 al orgasmo como "la pequeña muerte". No obstante, también todos hemos experimentado la diferencia que existe entre lo que es un orgasmo placentero y lo que es el displacer puro de la angustia, y de ahí el que en nuestro estudio de ese otro texto nos llamase la atención la tesis de Roberto Mazzuca sobre que "La angustia no es un equivalente de la excitación sexual sino de su descarga, y más precisamente un equivalente del orgasmo". Pues bien, en este último capítulo de "Más allá del principio del placer" encontramos una pista más para nuestra reflexión al respecto:

“Nuestra conciencia nos facilita desde el interior no sólo las sensaciones de placer y displacer, sino también la de una peculiar tensión que puede ser agradable o desagradable. ¿Son los procesos de energía ligados y desligados los que debemos diferenciar por medio de estas sensaciones, o debe referirse la sensación de tensión a la magnitud absoluta o eventualmente al nivel de la carga, mientras que la serie placer-displacer indica la variación de la magnitud de la misma en la unidad de tiempo?. Es también harto extraño que las pulsiones de vida sean las que con mayor intensidad registra nuestra percepción interna, dado que aparecen como perturbadoras y traen incesantemente consigo tensiones cuya descarga es sentida como placer, mientras que las pulsiones de muerte parecen efectuar silenciosamente su labor.”(257)

Nosotros, en cualquier caso, procuraremos seguir siempre la orientación de Freud:

“Debemos ser pacientes y esperar la aparición de nuevos medios y motivos de investigación, pero permaneciendo siempre dispuestos a abandonar, en el momento en que veamos que no conduce a nada útil, el camino seguido durante algún tiempo. Tan sólo aquellos crédulos que piden a la ciencia un sustitutivo del abandonado catecismo podrán reprochar al investigador el desarrollo o modificación de sus opiniones. Por lo demás, dejemos que un poeta nos consuele de los lentos progresos de nuestro conocimiento científico:

'Si no se puede avanzar volando, bueno es progresar cojeando,
pues está escrito que no es pecado el cojear.'”(258)

© ANTONIO SALVATIERRA

CITAS:

(255) Freud, S.: “Más allá del principio del placer”, pág. 2540. Ed. Biblioteca Nueva. Tercera edición. Madrid, 1973.
(256) Ídem.
(257) Ídem, pág. 2541.
(258) Ídem.
 

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