Capítulo V.

Freud se centra ahora en las excitaciones procedentes del interior, que son fundamentalmente las pulsiones, y empieza recordándonos que no existe ningún dispositivo protector contra ellas, por lo que asimila las perturbaciones a que pueden dar lugar con las neurosis traumáticas provocadas por los estímulos externos demasiado intensos. Los impulsos pulsionales parten del inconsciente, donde -como muestra la investigación de los sueños- dominan los “procesos psíquicos primarios” y la carga libremente móvil, y cuando emanan a las capas superiores del aparato anímico, su carga ha de ser ligada para evitar una perturbación análoga a la de una neurosis traumática. Por tanto, ésta es la primera misión del aparato psíquico con respecto a las pulsiones: dominar o ligar su carga de excitación, misión que no se opone a la posterior del principio del placer, pero es independiente de él y, en parte, no lo tiene en cuenta para nada.

Vuelve entonces a lo que nos hablaba anteriormente sobre la compulsión a la repetición en el juego infantil y en la cura psicoanalítica para señalar que las manifestaciones de dicha repetición muestran un carácter pulsional, a veces -cuando se oponen al principio del placer- incluso demoníaco. Y aunque en los juegos de los niños termina admitiendo que, a pesar de ello, la repetición siempre les procura alguna satisfacción, porque si no les sirve para rememorar sucesos placenteros al menos les ayuda a dominar impresiones desagradables, en el analizado en cambio se ve con claridad que la obsesión de repetir en la transferencia los sucesos de su infancia, se sobrepone totalmente al principio del placer.

Así alcanza a formularse la cuestión crucial de este texto, de qué modo se halla en conexión lo pulsional con la compulsión de repetición, a lo que Freud se ve abocado a responder observando que uno de los principales caracteres de las pulsiones es que tienden a reconstruir algo anterior:

“Una pulsión sería, pues, una tendencia propia de lo orgánico vivo a la reconstrucción de un estado anterior, que lo animado tuvo que abandonar bajo el influjo de fuerzas exteriores, perturbadoras; una especie de elasticidad orgánica, o, si se quiere, la manifestación de la inercia en la vida orgánica.”(247)

En otras palabras, la pulsión sería simplemente la tendencia de lo orgánico a la reconstrucción de su estado anterior no-vivo, mientras que todos los éxitos de la evolución orgánica se deberían a las influencias exteriores. Por esa misma inercia, al principio para la sustancia viviente era muy fácil morir y, de hecho, sucumbía muy rápidamente. Sólo con el tiempo, las influencias exteriores la fueron transformando de forma que cada vez se viera obligada a rodeos más complicados para alcanzar su fin: la muerte, que se nos presenta por tanto como la última meta de las pulsiones.

Desde esta perspectiva, reconoce a continuación las implicaciones de estas últimas reflexiones sobre su primera teoría de las pulsiones, en la que oponía pulsiones de conservación y pulsiones sexuales. Por un lado, las pulsiones de conservación se ven ahora relegadas a un papel muy secundario: el de asegurar al organismo su peculiar camino hacia la muerte, ya que el organismo no quiere morir sino a su manera y se rebela contra los peligros que podrían ayudarle a alcanzar su fin por un trayecto más corto. Y por otro, las pulsiones sexuales se le aparecen a otra luz muy distinta cuando piensa en las células germinativas, capaces en condiciones favorables de una existencia independiente del organismo y de repetir interminablemente el mecanismo al que deben su existencia, por todo lo cual concluye que velan por conservar la vida misma y se oponen a la muerte, así que las define a partir de ahora como las verdaderas pulsiones de vida.

Se pregunta entonces si además de estas pulsiones -las pulsiones de muerte y las pulsiones de vida-, podrían existir otras que empujasen al organismo a su progreso o perfeccionamiento, y es en este contexto cuando hace referencia a las fobias como “intento de fuga ante una satisfacción pulsional” (de una pulsión reprimida) y “modelo de la génesis de esta aparente ‘pulsión de perfeccionamiento’”:

“Volvamos ahora sobre nuestros pasos para preguntarnos si toda esta especulación no carece, quizás, de fundamento. ¿No existen realmente, aparte de las sexuales, más pulsiones que aquellas que quieren reconstruir un estado anterior?. ¿No habrá otras que aspiren a un estado no alcanzado aún?. Sea como quiera, la cuestión es que hasta ahora no se ha descubierto en el mundo orgánico nada que contradiga nuestras hipótesis. Nadie ha podido demostrar aún la existencia de un instinto general de superevolución en el mundo animal y vegetal, a pesar de que tal dirección evolutiva parece indiscutible. Mas, por un lado, es quizás tan sólo un juicio personal el declarar que un grado evolutivo es superior a otro y, además, la Biología nos muestra que la superevolución en un punto se consigue con frecuencia por regresión de otro. Existen también muchas formas animales cuyos estados juveniles nos dejan reconocer que su desarrollo ha tomado más bien un carácter regresivo. Superevolución y regresión podían ser ambas consecuencias de fuerzas exteriores que impulsan a la adaptación, y el papel de las pulsiones quedaría entonces limitado a mantener fija la obligada transformación como fuente de placer interior. Para muchos de nosotros es difícil prescindir de la creencia de que en el hombre mismo reside una pulsión de perfeccionamiento que le ha llevado hasta su actual grado elevado de función espiritual y sublimación ética y de la que debe esperarse que cuidará de su desarrollo hasta el superhombre. Mas, por mi parte, no creo en tal pulsión interior y no veo medio de mantener viva esta benéfica ilusión. El desarrollo humano hasta el presente me parece no necesitar explicación distinta del de los animales, y lo que de impulso incansable a una mayor perfección se observa en una minoría de individuos humanos puede comprenderse sin dificultad como consecuencia de la represión de las pulsiones, proceso al que se debe lo más valioso de la civilización humana. La pulsión reprimida no cesa nunca de aspirar a su total satisfacción, que consistiría en la repetición de un satisfactorio suceso primario. Todas las formaciones sustitutivas o reactivas, y las sublimaciones, son insuficientes para hacer cesar su permanente tensión. De la diferencia entre el placer de satisfacción hallado y el exigido surge el factor impulsor, que no permite la detención en ninguna de las situaciones presentes, sino que, como dijo el poeta, ‘tiende, indomado, siempre hacia delante’ (‘Fausto’, I). El camino hacia atrás, hacia la total satisfacción, es siempre desplazado por las resistencias que mantienen la represión, y de este modo no queda otro remedio sino avanzar en la dirección evolutiva que permanece libre, aunque sin esperanza de dar fin al proceso y poder alcanzar la meta. Los procesos que tienen lugar en el desarrollo de una fobia neurótica, perturbación que no es más que un intento de fuga ante una satisfacción pulsional, nos dan el modelo de la génesis de esta aparente ‘pulsión de perfeccionamiento’; pulsión que, sin embargo, no podemos atribuir a todos los individuos humanos. Las condiciones dinámicas para su existencia se dan ciertamente en general; pero las circunstancias económicas parecen no favorecer el fenómeno más que en muy raros casos.”(248)

Resumiendo, para Freud, pues, no existe en el hombre ninguna pulsión de progreso o perfeccionamiento, pero lo que de impulso incansable a una mayor perfección observa en una minoría de individuos humanos, lo explica por otros destinos pulsionales tras la represión -entre los que cuenta la sublimación- que, aunque sean insuficientes para hacer cesar la tensión permanente que representa la aspiración de la pulsión reprimida a su total satisfacción, producen un beneficio para la sociedad en términos de progreso científico, artístico, cultural, etc.; y los relaciona específicamente con los “procesos que tienen lugar en el desarrollo de una fobia neurótica”.

© ANTONIO SALVATIERRA

CITAS:

(247) Ídem, pág. 2525.
(248) Ídem, págs. 2528 y 2529.
 

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