Esquema del aparato psíquico que desarrolló en "La interpretación de los sueños" y al que vuelve a referirse Freud en este capítulo.

Esquema de la "Psicología de los procesos oníricos", pág. 674, en las O.C. de Biblioteca Nueva.

Capítulo IV.

Nada más empezarlo, advierte que “Lo que sigue es pura especulación y a veces harto extremada”(244), lo que lamentablemente dio lugar a que a partir de aquí muchos de sus discípulos se sintieran justificados para no seguirle, de forma que, aún hoy en día, muchos posfreudianos practican -según ellos afirman- “psicoanálisis freudiano” sin admitir la existencia de la pulsión de muerte.

Lo que expone entonces es un modelo de funcionamiento psíquico en el que lo primero que señala es que la conciencia es tan sólo la función de un sistema, el sistema Cc. Dado que la conciencia procura percepciones de los estímulos externos y sensaciones de placer y displacer que no pueden provenir más que del interior, ha de hallarse en la frontera entre el exterior y el interior. Por otra parte, todos los procesos excitantes que se desarrollan en los demás sistemas dejan en ellos huellas duraderas que constituyen el fundamento de la memoria, pero en el sistema P-Cc no pueden quedar tales huellas porque en tal caso permanecerían siempre conscientes e impedirían la recepción de nuevas excitaciones (y remite, para comprender esto mejor, al esquema en el que se inspira, que es el que ya utilizó en el capítulo siete de “La interpretación de los sueños”(245)). En el sistema Cc la excitación no deja huella porque se gasta en el devenir consciente.

Para seguir avanzando, nos propone que nos representemos el organismo viviente (o el aparato psíquico) como una vesícula indiferenciada de sustancia excitable, y nos recuerda que en nuestro caso la piel y el sistema nervioso tienen un origen común en el embrión: el ectodermo. Así podemos imaginar que el ataque continuo de las excitaciones exteriores sobre la vesícula modifica tarde o temprano la sustancia de su superficie de forma duradera, transformándola en una corteza calcinada que, aunque siga recibiendo las excitaciones, ya no puede modificarse más. Mientras tanto, estas mismas excitaciones podrían tener que vencer resistencias al pasar por las otras capas, los otros sistemas, y en cada vencimiento de resistencia dejar una huella temporal de la excitación. Aquí recurre a la diferenciación que explicaba Breuer entre carga psíquica en reposo o ligada y carga libremente móvil, y dice que los elementos del sistema Cc, por tanto, sólo poseerían energía libre y no energía ligada.

Por otro lado, la superficie exterior de la vesícula, al quedar calcinada por las excitaciones, constituye una envoltura o membrana que detiene en cierta medida las excitaciones posteriores, es decir, conforma un “dispositivo protector” que impide que las capas más profundas sean dañadas también por excitaciones excesivamente intensas. De la misma manera, en los organismos superiores como el nuestro, la capa cortical, receptora de excitaciones, se ha retraído hace mucho tiempo a las profundidades del cuerpo, pero algunas partes de ella continúan en la superficie, son los órganos de los sentidos, y no elaboran más que pequeñas cantidades de los estímulos que nos llegan del exterior.

A propósito de esto último, hace referencia a las categorías kantianas del espacio y el tiempo, y dice que puesto que los procesos inconscientes se hallan “en sí” fuera del tiempo, nuestra idea del tiempo ha de estar basada en el funcionamiento del sistema P-Cc, constituyendo otro medio de defensa contra las excitaciones.

Por último, el sistema Cc también recibe excitaciones del interior para las que no dispone de ningún dispositivo protector, de modo que para protegerse de las excitaciones interiores excesivamente intensas la defensa que emplea es la proyección, es decir, las trata como si provinieran del exterior.

Una vez que ha terminado de exponer su modelo del aparato sensorial, vuelve de nuevo sobre el tema del trauma, el cual puede explicar ahora como causado por aquellas excitaciones procedentes del exterior que son tan intensas que atraviesan el dispositivo protector. En esos momentos el principio del placer queda fuera de juego, resulta desbordado, y ha de dejar paso a una función más primaria que sólo trata de ligar las cantidades de excitación invasoras que originan las sensaciones displacenteras y procurar su descarga.

Así, en las situaciones de dolor físico el displacer se debe a la rotura del dispositivo protector en un punto determinado, por el cual afluyen entonces al aparato anímico central las excitaciones de forma continua. Como reacción, han de acudir de todas partes energías de carga para crear una contracarga y, en consecuencia, se empobrecen los demás sistemas psíquicos. De este proceso se deriva entonces que mientras más cargado está el sistema, más preparado se encuentra también para acoger las excitaciones exteriores y transformarlas en carga ligada psíquicamente, en carga de reposo que pueda descargar después.

En el origen de las neurosis traumáticas, se deduce por tanto que el susto es la falta de disposición a la angustia, disposición que hubiera traído consigo una sobrecarga del sistema antes de recibir la excitación, ya que la disposición a la angustia representaría la última línea de defensa contra las excitaciones. Pero advierte que, de todas formas, hasta la disposición a la angustia resulta ineficaz cuando el trauma es demasiado intenso. Finalmente, los sueños de los enfermos de neurosis traumáticas, puede suponerse que con su desarrollo de angustia lo que intentan es el dominio de la excitación, y que ésta constituye una función del aparato anímico más primitiva que el evitar displacer y conseguir placer.

“Sería ésta la ocasión de conceder por vez primera la existencia de una excepción a la regla de que los sueños son realizaciones de deseos. Los sueños de angustia no son tal excepción, como ya he demostrado repetidamente y con todo detenimiento, ni tampoco los de ‘castigo’, pues lo que hacen estos últimos es sustituir a la realización de deseos, prohibida, por el castigo correspondiente, siendo, por tanto, la realización del deseo de la conciencia de la culpa, que reacciona contra la pulsión rechazada. Mas los sueños antes mencionados de los enfermos de neurosis traumática no pueden incluirse en el punto de vista de la realización de deseos, y mucho menos los que aparecen en el psicoanálisis, que nos vuelven a traer el recuerdo de los traumas psíquicos de la niñez. Obedecen más bien a la obsesión de repetición, que en el análisis es apoyada por el deseo -no inconsciente- de hacer surgir lo olvidado y reprimido. Así, pues, tampoco la función del sueño de suprimir por medio de la realización de deseos los motivos de interrupción del reposo sería su función primitiva, no pudiendo apoderarse de ella hasta después que la total vida anímica ha reconocido el dominio del principio del placer. Si existe un ‘más allá del principio del placer’, será lógico admitir también una prehistoria para la tendencia realizadora de deseos del sueño, cosa que no contradice en nada su posterior función. Una vez surgida esta tendencia, aparece un nuevo problema: aquellos sueños que, en interés de la ligadura psíquica de la impresión traumática, obedecen a la obsesión de repetición, ¿son o no posibles fuera del análisis?. La respuesta es, desde luego, afirmativa.”(246)

Antes de terminar, Freud vuelve también sobre las neurosis de guerra para señalar que cuando en estos casos se produce una herida física en el mismo instante del trauma, disminuyen las probabilidades de contraer una neurosis, lo que se explica porque, por un lado, la violencia mecánica del trauma libera el “quantum” de excitación sexual (y recuerda sus observaciones al respecto en los “Tres ensayos”) y, por otro, la herida provoca una sobrecarga narcisista del órgano herido que liga el exceso de excitación. Por esta misma razón es que las melancolías y las demencias precoces mejoran, e incluso a veces se curan, al contraer el paciente una enfermedad orgánica.

Sintetizando al máximo lo que más incumbe a nuestra investigación, así tenemos que en este capítulo Freud ha relacionado la disposición a la angustia con la sobrecarga del sistema para enfrentar las cantidades excesivas de excitación, las mismas que en caso de desbordarlo originarían las tensiones displacenteras traumáticas que tendrían que intentarse ligar con la compulsión a la repetición, la manifestación de esa tendencia que propugna más allá, más primitiva e independiente del principio del placer.

© ANTONIO SALVATIERRA

CITAS:

(244) Ídem, pág. 2517.
(245) Véase Freud, S.: “La interpretación de los sueños”, págs. 673 y 674. Ed. Biblioteca Nueva. Tercera edición. Madrid, 1973.
(246) Freud, S.: “Más allá del principio del placer”, págs. 2522 y 2523. Ed. Biblioteca Nueva. Tercera edición. Madrid, 1973.
 

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