Capítulo II.

A propósito de las percepciones exteriores penosas, comienza el segundo capítulo destacando que los síntomas de la “neurosis traumática”, dentro de la que se encuadra la neurosis de guerra (de la que se han visto tantos casos tras la Primera Guerra Mundial), parecen contradecir claramente el principio del placer; y profundizando en esta entidad clínica indica Freud que se acerca a la histeria, vuelve a recordar su diferenciación entre angustia, miedo y susto, y enfoca la angustia desde una nueva perspectiva, desde su función de defensa:

“Después de graves conmociones mecánicas, tales como choques de trenes y otros accidentes en los que existe peligro de muerte, suele aparecer una perturbación, ha largo tiempo conocida y descrita, a la que se ha dado el nombre de ‘neurosis traumática’. La espantosa guerra que acaba de llegar a su fin ha hecho surgir una gran cantidad de estos casos y ha puesto término a los intentos de atribuir dicha enfermedad a una lesión del sistema nervioso producida por una violencia mecánica. El cuadro de la neurosis traumática se acerca al de la histeria por su riqueza en análogos síntomas motores, mas lo supera en general por los acusados signos de padecimiento subjetivo, semejantes a los que presentan los melancólicos o hipocondríacos, y por las pruebas de más amplia astenia general y mayor quebranto de las funciones anímicas. No se ha llegado todavía a una completa inteligencia de las neurosis de guerra, ni tampoco de las neurosis traumáticas de los tiempos de paz. En las primeras parecía aclarar en parte la cuestión, complicándola, en cambio, por otro lado, el hecho de que el mismo cuadro patológico aparecía en ocasiones sin que hubiera tenido lugar violencia mecánica alguna. En la neurosis traumática corriente resaltan dos rasgos, que se pueden tomar como puntos de partida de la reflexión: primeramente, el hecho de que el factor capital de la motivación parece ser la sorpresa; esto es, el sobresalto o susto experimentado, y en segundo lugar, que una contusión o herida recibida simultáneamente actúa en contra de la formación de la neurosis. Susto, miedo y angustia son términos que se usan erróneamente como sinónimos, pues pueden diferenciarse muy precisamente según su relación al peligro. La angustia constituye un estado semejante a la expectación del peligro y preparación para el mismo, aunque nos sea desconocido. El miedo reclama un objeto determinado que nos lo inspire. En cambio, el susto constituye aquel estado que nos invade bruscamente cuando se nos presenta un peligro que no esperamos y para el que no estamos preparados; acentúa, pues, el factor sorpresa. No creo que la angustia pueda originar una neurosis traumática; en ella hay algo que protege contra el susto y, por tanto, también contra la neurosis de sobresalto. Más adelante volveremos sobre esta cuestión.”(239)

Como ya veremos cuando lleguemos a su obra, Lacan retomará este punto del susto y el trauma que ocasiona un peligro que no esperamos y para el que no estamos preparados en su reelaboración de la teoría freudiana de las pulsiones, y planteará que el encuentro del sujeto con la sexualidad es siempre traumático.(240) Pero continuemos ahora con Freud:

Señala que en los sueños de estos enfermos se repite continuamente el suceso traumático, y que esto podría deberse a una fijación al trauma tal y como la que preconizaron él y Breuer que sucedía en las histerias cuando escribieron los “Estudios”, pero que en cualquier caso plantea una grave objeción a su tesis de que “el sueño es la realización disfrazada de un deseo reprimido” puesto que no parece que pueda haber ningún deseo implicado en este volver a soñar una y otra vez algo que fue traumático. Quizás la respuesta se halle en que el trauma alteró entre otras la función del sueño, o por otra parte, también podría ser que hubiera puesto en movimiento las tendencias masoquistas del yo.

Abandona así ese tema para saltar al análisis de los juegos infantiles a través del que estudió en uno de sus nietos, el famoso juego del “fort-da”(241) que este pequeño desarrollaba cada vez que se ausentaba la madre, juego en el que reconoce que su carácter repetitivo (y especialmente el de la primera parte, la que simbolizaba la marcha materna) parece también contradecir el principio del placer. Piensa que podría deberse a una tendencia al dominio, por la cual el niño buscase dominar activamente la situación antes sufrida pasivamente, o a una tendencia a la imitación, o que quizás exprese un deseo de venganza contra la madre (interpretación de estilo más kleiniano),…

Y termina concluyendo al final del capítulo que, por lo que lleva investigado hasta este punto, la repetición implicada en el recuerdo y la elaboración de vivencias penosas no tiene por qué ser incompatible con el principio del placer ni puede considerarse que testimonie de tendencias más primitivas e independientes de él.

© ANTONIO SALVATIERRA

CITAS:

(239) Freud, S.: “Más allá del principio del placer”, pág. 2510. Ed. Biblioteca Nueva. Tercera edición. Madrid, 1973.
(240) Véase Panés, J.M.: “La repetición”, pág. 8. Documento interno de la Universidad de León.
(241) Freud, S.: “Más allá del principio del placer”, págs. 2511 a 2513. Ed. Biblioteca Nueva. Tercera edición. Madrid, 1973.
 

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