Capítulo I.El primero lo comienza recordando que hasta ese momento el psicoanálisis viene considerando como uno de sus supuestos primordiales que el curso de los procesos anímicos es regulado por el principio del placer, es decir, que dicho curso tiene su origen en una tensión displaciente y se dirige a una minoración de dicha tensión, que es lo que produce placer. Pero como constata que en su época no existe ninguna teoría filosófica o psicológica sobre la significación de estas sensaciones de placer y displacer, con esta obra Freud pretende intentar adentrarse con su investigación en lo que califica como “el sector más oscuro e impenetrable de la vida anímica”. Para ello recurre entonces a G. Th. Fechner -un prestigioso investigador de la psicofisiología que publicó un artículo en 1873 en el que adoptaba una concepción del placer y el displacer que coincidía en esencia con la que se deduce de la labor psicoanalítica-, y afirma que el principio del placer, como la tendencia del aparato psíquico a conservar lo más baja posible, o al menos constante (“principio de la constancia”), la cantidad de excitación que existe en su interior, puede considerarse un caso especial dentro del principio de Fechner de la “tendencia a la estabilidad”(237). Observemos de paso que la noción de “placer” manejada por Freud -como nos recuerda Arturo Roldán en su artículo antes citado- no es la misma que se suele utilizar habitualmente, más próxima a la del hedonismo griego y que se identifica con las sensaciones placenteras mesuradas, sino que se refiere a las que acompañan a la descarga de las tensiones, de las excitaciones. Entonces aquí se plantea que si existiera el dominio absoluto del principio del placer, al menos la mayor parte de nuestros procesos psíquicos tendría que presentarse acompañada de placer, lo cual queda contradicho por la experiencia común. De modo que empieza a reflexionar sobre cuáles son las circunstancias que lo impiden y las concreta en tres: La primera que reconoce es el principio de realidad (que ya estableció con anterioridad junto con el principio del placer, que hasta entonces denominaba “principio del displacer”(238), en “Los dos principios del funcionamiento mental”, de 1911). Este principio es necesario porque el principio del placer corresponde a un funcionamiento primario del aparato anímico que en muchas ocasiones lo hace inútil y hasta peligroso frente a las dificultades del mundo exterior, así que es gracias al principio de realidad que aceptamos pacientemente el displacer durante los rodeos necesarios para superar esas dificultades hasta llegar a la satisfacción y al placer. La segunda circunstancia que se opone al principio del placer es la debida al conflicto entre el yo y las pulsiones sexuales reprimidas, ya que si éstas consiguen burlar la represión y obtener una satisfacción directa o sustitutiva, el yo lo que percibe es displacer, como sucede con los síntomas neuróticos. Y la tercera es aquella a la que se debe la mayor parte del displacer que experimentamos: el displacer de percepción, ya se trate de la percepción de las pulsiones insatisfechas o de la percepción exterior penosa de algún peligro. © ANTONIO SALVATIERRA CITAS: (237) Freud, S.: “Más allá del principio del placer”,
pág. 2508. Ed. Biblioteca Nueva. Tercera edición. Madrid, 1973. |
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