Wilhelm Fliess, médico otorrino que fue amigo íntimo de Freud y con el que mantuvo una intensa correspondencia.

Foto de Wilhelm Fliess

LOS ORÍGENES DEL PSICOANÁLISIS (1887-1902)

Freud comienza su autoanálisis, utilizando a Fliess como “Sujeto supuesto Saber”, en el verano de 1897, tal y como nos confirma en su carta 66 a éste con fecha del siete de julio:

“Sé que por el momento soy un corresponsal harto inútil y que no tengo derecho alguno a reclamar consideraciones, pero no siempre fue así ni espero que siga así. Todavía no sé qué me ha pasado: algo surgido del más profundo abismo de mi propia neurosis se opone a todo progreso mío en la comprensión de las neurosis, y de alguna manera tú estás envuelto en ello.”(64)

A partir de ahí, comienza a desconfiar cada vez más de los traumas de seducción infantiles que le relatan sus pacientes y empieza a escuchar en ellos, en su lugar, lo que ahora conocemos como los “deseos edípicos” del niño. De modo que el 21 de septiembre de ese mismo año, termina reconociendo en su carta 69 a Fliess:

“(…) Permíteme que te confíe sin más dilaciones el gran secreto que en el curso de los últimos meses se me ha revelado paulatinamente: ya no creo en mis neuróticos. Es difícil que puedas comprenderlo sin previa explicación, pues tú mismo has dado crédito a cuanto yo tuve oportunidad de contarte. Así, comenzaré históricamente, señalándote de dónde surgieron los motivos de mi actual incredulidad. El primer grupo lo forman los continuos desengaños en mis intentos de llevar mis análisis a una verdadera conclusión; las deserciones, precisamente entre aquellos pacientes que por un tiempo parecían ser los más favorables; la falta de los éxitos completos que tenía motivos para esperar; la imposibilidad de explicarme los resultados parciales, atribuyéndolos a otras razones que las ya harto conocidas. En segundo lugar, la asombrosa circunstancia de que todos los casos obligaban a atribuir actos perversos al padre…, y la comprobación de la inesperada frecuencia de la histeria, en la que siempre se cumple dicha condición, siendo en realidad poco probable que los actos perversos cometidos contra niños posean semejante carácter general. (Más aún: la perversión tendría que ser infinitamente más frecuente que la histeria, dado que la enfermedad sólo puede producirse cuando los sucesos [las experiencias traumáticas] se acumulan y cuando se agrega un factor que debilita la defensa). En tercer término, la innegable comprobación de que en el inconsciente no existe un ‘signo de realidad’, de modo que es imposible distinguir la verdad frente a una ficción afectivamente cargada. (Queda abierta así la posible explicación de que la fantasía sexual adopte invariablemente el tema de los padres). (…)”(65)

Esta última frase señala directamente a la próxima introducción en el psicoanálisis del complejo de Edipo, y así llegará Freud a la conclusión de que “las representaciones traumáticas que estaban en el origen de los síntomas, no eran en la mayoría de los casos recuerdos de hechos reales, sino fantasías inconscientes” a las que el sujeto les concedía un valor de verdad(66). La etiología, el origen de las psiconeurosis, había de buscarse entonces en “otra realidad”, la realidad psíquica, y en “otra satisfacción”, la de los “deseos infantiles reprimidos”.

© ANTONIO SALVATIERRA

CITAS:

(64) Freud, S.: “Los orígenes del psicoanálisis”, pág. 3576. Ed. Biblioteca Nueva. Tercera edición. Madrid, 1973.
(65) Ídem, págs. 3578 y 3579.
(66) Véase Puig, M., y Sosa, J.: “De la psiquiatría clásica a la clínica contemporánea”, pág. 60. Documento interno de la Universidad de León.

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