Capítulo VIII.Lo que busca es un conocimiento que le revele la esencia de la angustia, pero Freud reconoce que hasta ahora sólo ha alcanzado resultados contradictorios, de modo que en este capítulo se propone cambiar de procedimiento y reunir cuanto le es posible decir al respecto renunciando a la esperanza de una síntesis. La angustia es en primer lugar algo que sentimos, un estado afectivo displaciente, pero también existen otros afectos displacientes como la ansiedad, el dolor y el duelo. Luego la angustia ha de presentar alguna otra particularidad como afecto y, además, se acompaña de sensaciones físicas precisas, en los órganos respiratorios y el corazón, que funcionan como procesos de descarga. La angustia implica entonces: 1. Un carácter displaciente específico. Podemos suponer que el carácter displaciente de la angustia se debe a un incremento de la excitación, que es lo que busca aliviarse por medio de los actos de descarga, y que, al igual que los demás afectos vienen a ser “ataques histéricos universales” en los que se reproducen sucesos antiguos típicos e innatos, en los estados de angustia se reproduce también una experiencia prototípica: la del nacimiento. Así, una vez aclaradas la estructura y la génesis de la angustia, se nos revela su función: “la angustia nació como reacción a un estado de ‘peligro’ y se reproduce cada vez que surge de nuevo tal estado”.(351) Ahora bien, si la inervación de los órganos respiratorios y la aceleración del ritmo cardíaco pudieron resultar adecuadas en el momento del nacimiento, porque ayudaron a preparar la actividad pulmonar y a liberar de sustancias tóxicas la sangre, esta adecuación falta cuando se reproduce posteriormente el estado de angustia como afecto; tales reacciones sólo vuelven a ser adecuadas cuando el yo genera la angustia como señal al reconocer la proximidad de una situación peligrosa. Pero, ¿esto por qué?, ¿qué es un peligro?, ¿qué es lo que puede ser valorado como signo de una situación peligrosa?. Freud sostiene que el feto, al nacer, lo único que puede advertir es una extraordinaria perturbación de la economía de su libido narcisista, y se declara en desacuerdo con la tesis que intentó demostrar Otto Rank, en su libro “El trauma del nacimiento”, de que en las fobias infantiles más tempranas se puede observar el recuerdo de la impresión causada por dicho trauma. Por otro lado, reconoce que el niño de pecho da claras muestras de angustia cuando se le deja solo, en la oscuridad o ante el rostro de una persona extraña, situaciones que reduce a una misma condición: la falta de la madre, de la persona que le cuida, cuya presencia demanda percibir casi constantemente porque la experiencia le ha enseñado que es ella quien satisface sus necesidades. Más adelante estudiaremos también cómo reformula Lacan esta última cuestión cuando, a partir de su distinción entre necesidad, demanda y deseo en su Seminario 4, advierte que “la demanda es siempre demanda de amor”(352). Pero prosigamos por ahora con las argumentaciones de Freud. De lo anterior deduce que la situación que el niño considera como un “peligro” es la de insatisfacción, la del “crecimiento de la tensión de la necesidad”, que al intensificársele sin que nada pueda hacer para detenerla, ha de resultarle análoga a la que experimentó al nacer. Y en este caso la reacción de angustia sí le resulta adecuada, puesto que hace acudir en su ayuda a la madre. Así se va desplazando el peligro temido desde la situación económica, el crecimiento de la tensión, a su condición determinante, la pérdida del objeto, y el yo empieza a generar la señal de angustia a partir de percibir la ausencia de la madre; con lo cual queda explicada la transición desde la génesis automática de la angustia (involuntaria) a su reproducción como señal de peligro (intencionada). “En ocasión anterior concedimos cierto valor al hecho de que fuera la carga retraída en el proceso de la represión la utilizada como angustia. Este hecho nos parece ahora falto de toda importancia. Tal mudanza obedece a que precedentemente creíamos que la angustia surgía siempre de un modo automático, por un proceso económico, mientras que nuestra actual concepción de la angustia, como una señal intencionada del yo, encaminada a influir sobre la instancia placer-displacer, la hace independiente de toda relación económica. Naturalmente, nada se opone a la hipótesis de que el yo utilice la energía que en la represión queda libre, precisamente para despertar el afecto; pero ha perdido toda importancia la cuestión de cuál es la parte de la energía con la que esto sucede. Hay otra de nuestras anteriores afirmaciones que demanda ser revisada a la luz de nuestra nueva concepción. Es la de que el yo es la verdadera sede de la angustia. Esperamos que tal revisión no hará sino confirmar su exactitud. No tenemos, en efecto, ningún motivo para atribuir al superyó manifestación alguna de angustia, y al hablar de una ‘angustia del Ello’ no hacemos sino usar una expresión impropia, que habremos de corregir, aunque más en la forma que en el contenido. La angustia es un estado afectivo, que naturalmente sólo puede ser sentido por el yo. El Ello no puede, como el yo, experimentar angustia, pues no es una organización ni puede discriminar las situaciones peligrosas. En cambio, es muy frecuente el desarrollo o preparación en el Ello de procesos que dan ocasión al yo para una explosión de angustia. En realidad, las represiones quizás más tempranas y la mayoría de las ulteriores son motivadas por la tal angustia del yo ante procesos desarrollados en el Ello. (…)”(353) Distingue entonces que pueden darse dos casos: 1. Que en el Ello suceda algo que active alguna de las situaciones peligrosas para el yo y le motive a generar la señal de angustia, lo cual es típico en la etiología de las psiconeurosis. 2. Que en el Ello se produzca una situación análoga a la del trauma del nacimiento, que dé lugar a una reacción de angustia automática, lo cual es típico en la etiología de las neurosis actuales y de muchas neurosis traumáticas. Y concluye que no es necesario, pues, descartar sus anteriores afirmaciones, sino tan sólo saber enlazarlas adecuadamente con los nuevos conocimientos adquiridos, ya que es innegable que la perturbación del curso de la excitación sexual puede dar origen a “aquel estado de desamparo del yo contra una extraordinaria tensión de la necesidad, como ocurrió en la situación del parto, que se resuelve en angustia. Siendo muy posible que precisamente el exceso de libido inempleada halle su descarga en el desarrollo de angustia.”(354) A continuación, resume el desarrollo de las diferentes situaciones peligrosas partiendo de la primera del trauma del nacimiento: 1. El peligro del desamparo psíquico, que corresponde a la época de la carencia de madurez del yo. 2. El peligro de la pérdida del objeto, por la dependencia de los adultos en los primeros años. 3. El peligro de la castración, en la fase fálica. 4. El miedo al superyó, en el período de latencia. 5. Y el miedo a la muerte, como última transformación de la angustia por la proyección del temor al superyó a los poderes del destino. Insiste en que él no afirma que cada una de estas situaciones de peligro que van surgiendo con las distintas edades invalide por completo las anteriores, porque todas, en mayor o menor medida, pueden subsistir luego conjuntamente y llegar a provocar la reacción angustiosa del yo en épocas posteriores. Y agrega que probablemente también existen relaciones muy estrechas entre la situación peligrosa que más se teme y la psiconeurosis que se contrae: “Al tropezar en un fragmento anterior de esta investigación con la significación del peligro de la castración en más de una afección neurótica, indicamos la conveniencia de no exagerar su importancia dado que no podía ser decisivo en el sexo femenino, más dispuesto desde luego a la neurosis que los hombres. Vemos ahora que no corremos ningún peligro de considerar la angustia de castración como la única fuerza motivacional de los procesos de defensa que conducen a la neurosis. En otro lugar hemos explicado cómo el desarrollo de la niña es orientado, por el complejo de la castración, hacia la carga amorosa de objeto. En la mujer parece ser el peligro de la pérdida del objeto la situación de mayor eficacia. En la correspondiente condición de la angustia hemos de tener en cuenta una pequeña modificación: que no se trata ya del sentimiento de necesidad de la ausencia, o la pérdida real del objeto, sino de la pérdida de su amor. Siendo indiscutible que la histeria presenta una mayor afinidad con la femineidad, del mismo modo que la neurosis obsesiva con la virilidad, cabe suponer que la pérdida del amor del objeto, como condición de angustia, desempeña en la histeria un papel análogo al de la amenaza de castración en las fobias y al del miedo al superyó en la neurosis obsesiva.”(355) © ANTONIO SALVATIERRA CITAS: (351) Freud, S.: “Inhibición, síntoma y angustia”, pág.
2860. Ed. Biblioteca Nueva. Tercera edición. Madrid, 1973. |
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