Capítulo VII.

Decide volver sobre las zoofobias infantiles para discutir “una pequeña duda” que quedó sin aclarar anteriormente: si en Juanito lo que provocó la defensa del yo fue el impulso agresivo contra el padre o el amoroso hacia la madre, ya que hasta ahora siempre había venido sosteniendo que contra lo que el yo se defiende en las neurosis es contra las exigencias de la libido. (En la fobia infantil del Hombre de los lobos no había tal incógnita porque se veía con claridad que el impulso reprimido era la tendencia libidinosa femenina respecto al padre).

Piensa entonces que quizás la respuesta se encuentre en que ni siquiera en los casos de mayor disociación se nos presentan los dos tipos de pulsiones completamente por separado, sino siempre mezclados en proporciones diferentes, lo que puede explicar que la carga sádica sea tratada como carga libidinosa, es decir, que el impulso agresivo contra el padre sea objeto de la represión del mismo modo que el impulso amoroso hacia la madre.

En cualquier caso, el síntoma de la fobia se forma (en cuanto el yo reconoce el peligro de la castración y, por medio del principio del placer, inhibe el proceso de carga en el Ello) por el desplazamiento sobre un objeto sustitutivo, lo que tiene dos ventajas evidentes: esquiva el conflicto de ambivalencia hacia el padre y permite al yo terminar el desarrollo de angustia, puesto que al niño ya le basta con evitar la percepción del animal para poder vivir sin miedo.

Recuerda Freud que anteriormente pensaba que lo que se producía en la fobia era la proyección de un peligro pulsional interior a otro exterior, y dice ahora que si esto no es del todo inexacto, sí le parece “una observación superficial”, ya que la exigencia pulsional no es un peligro por sí misma, sino por el peligro exterior que conlleva. Es decir, que lo que en la fobia realmente se sustituye es un peligro exterior por otro también exterior.

“Así, pues, la angustia de las zoofobias es una reacción afectiva del yo al peligro, y el peligro en ellas señalado es el de la castración. La única diferencia existente entre esta angustia y la angustia real, que el yo exterioriza normalmente en situaciones peligrosas, es la de que su contenido es inconsciente, y sólo disfrazado y deformado llega a la conciencia.

Esta misma concepción resulta aplicable a las fobias de sujetos adultos, si bien en ellas es mucho más considerable el material que la neurosis elabora, agregándose, además, a la formación de síntomas algunos otros factores. Pero en el fondo no hay diferencia alguna. El enfermo de agorafobia impone a su yo una limitación para huir de un peligro provocado por una pulsión. Este peligro es la tentación de ceder a sus deseos eróticos, con lo cual suscitaría, como en la infancia, el peligro de la castración u otro análogo. Como ejemplo, citaré el caso de un joven que enfermó de agorafobia porque temía ceder a las invitaciones de las prostitutas y contraer, en castigo, una infección luética.”(348)

La formación del síntoma agorafóbico es más complicada porque en ella el yo no se limita a renunciar a algo, sino que además, para despojar a la situación de su peligro, recurre a una “regresión temporal”. (En nota a pie de página se nos señala que Strachey indica que ésta es una de las raras ocasiones en que Freud utiliza el concepto de regresión temporal). Por eso el agorafóbico puede salir a la calle si no se aleja mucho de su casa o si va acompañado, como cuando era un niño.

La fobia se constituye, por lo general, tras un primer ataque de angustia en circunstancias similares a las que después se temen, y en ellas la angustia vuelve a surgir siempre que falta la condición protectora. Seguidamente, lo más frecuente es que se agregue a esta situación la lucha defensiva contra el síntoma.

Todo lo anterior es aplicable también a las neurosis obsesivas, y aunque aquí el motor de la formación de síntomas es el miedo del yo al superyó, la amenaza del superyó es una continuación del castigo de castración: una angustia moral o social indeterminada que permanece encubierta mientras el yo obedece los preceptos, prevenciones y actos expiatorios que el superyó le impone.

Pasa entonces Freud a tratar de concretar los resultados que lleva alcanzados: Los síntomas son creados para evitar una situación peligrosa -la castración- señalada por el desarrollo de angustia.

Ahora bien, si la angustia es la reacción del yo al peligro, podemos sentirnos tentados a considerar que la neurosis traumática es una consecuencia directa del miedo a perder la vida. Y ante esto, señala Freud que todo cuanto sabemos de las neurosis nos indica que es muy improbable que puedan surgir a causa de un peligro objetivo si no participan también de alguna manera los niveles más profundos del aparato anímico.

La castración se hace representable por la pérdida del pecho materno y por la experiencia cotidiana de la eliminación del contenido intestinal, pero jamás se ha experimentado nada semejante a la muerte, nada que haya podido dejar de ella una huella perceptible en el inconsciente, de modo que mantiene su tesis de que el miedo a la muerte es una elaboración del miedo a la castración, que lo que el yo teme tras la muerte es el abandono del superyó protector. Por otra parte,

“(…) ha de tenerse en cuenta que en los sucesos que conducen a la neurosis traumática queda roto el dispositivo protector contra los estímulos exteriores y llegan al aparato anímico magnitudes extraordinarias de excitación, surgiendo así una segunda posibilidad: la de que la angustia no sea simplemente señalada como un afecto, sino creada recientemente sobre la base de las condiciones económicas de la situación.”(349)

La última observación realizada por Freud de que el yo ha sido preparado para el miedo a la castración por las pérdidas de objeto repetidas regularmente (el destete, la expulsión de las heces,…), le lleva ahora a considerar una nueva concepción de la angustia, ya no como una señal afectiva del peligro de la castración, sino como una reacción a una pérdida o a una separación. Pero a esta hipótesis se oponen dos objeciones:

1. Que aunque la primera experiencia angustiosa para los seres humanos suele ser el nacimiento y éste objetivamente supone la separación de la madre (por lo que se podría pensar que la angustia se repite como símbolo de esta separación en toda separación posterior), el feto no puede sentirla como tal porque es totalmente narcisista.

2. Y que las reacciones afectivas a una separación suelen ser el dolor o la tristeza, no la angustia. Pero aquí concede Freud que, de todas maneras, en “Duelo y melancolía” no logró llegar a una explicación de por qué el duelo ha de ser tan doloroso.(350)

© ANTONIO SALVATIERRA

CITAS:

(348) Ídem, págs. 2856 y 2857.
(349) Ídem, págs. 2858 y 2859.
(350) Véase Freud, S.: “Duelo y melancolía”, pág. 2100. Ed. Biblioteca Nueva. Tercera edición. Madrid, 1973.
 

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