Capítulo V.Lo empieza recordando que hay muchas neurosis en las que no surge ninguna angustia, como por ejemplo la histeria de conversión, por lo que no parece aconsejable considerar demasiado íntima la relación entre la angustia y la formación de síntomas. “Ahora bien, aparte del desarrollo de angustia, son las fobias tan afines a las histerias de conversión que nos hemos creído autorizados a agregarlas a ellas bajo el nombre especial de ‘histerias de angustia’. Sin embargo, hasta ahora nadie es capaz de afirmar qué es lo que determina que un caso particular llegue a adquirir la forma de una histeria de conversión o la de una fobia; es decir, establecer aquello que condiciona la génesis de angustia en la histeria.”(342) Estas líneas demuestran que, dieciséis años después de la publicación del caso Juanito, Freud sigue considerando igual de necesario distinguir esta entidad clínica específica a la que denomina “histeria de angustia”; es más, la identifica hasta tal punto con la fobia que incluso utiliza en la segunda frase ambos términos como si fuesen sinónimos. No obstante, Laplanche y Pontalis insisten en que, como ya hemos estudiado, lo que caracteriza a la histeria de angustia es la liberación y manifestación de la angustia, aunque ésta se desarrolle después cada vez más en el sentido de la fobia, por lo que no debemos usarlos como sinónimos. Al igual que tampoco “es posible considerar como sinónimos ‘histeria de angustia’ y ‘neurosis fóbica’. El término ‘histeria de angustia’, menos descriptivo, orienta la atención hacia el mecanismo constitutivo de la neurosis en cuestión y pone el acento en el hecho de que el desplazamiento sobre un objeto fóbico es secundario a la aparición de una angustia libre, no ligada a un objeto”.(343) Es un buen momento, por consiguiente, para recordar que el objetivo que nos planteamos al iniciar nuestro trabajo, y que nos está sirviendo para vertebrar este recorrido histórico por los conceptos fundamentales del psicoanálisis (conceptos que Lacan resumirá y concretará en su Seminario 11 como el inconsciente, la repetición, la transferencia y la pulsión), no era investigar la “histeria de angustia” de Freud, ni siquiera la “neurosis fóbica” de la que habló Lacan en su período de “Retorno a Freud”, sino la posible existencia de una “estructura fóbica” a pesar de la interpretación que generalmente se ha venido haciendo en contra a partir de su Seminario 16; es decir, una estructura que se definiría como las demás por una posición subjetiva permanente (de la que no habría que suponer, pues, que fuese a girar en ninguna plataforma hacia otra estructura subjetiva en cualquier instante), con sus particulares relaciones con el Otro, sus modalidades del deseo, su propia estructura fantasmática, su relación con el goce, etc., aunque todas estas variables se pudieran traducir después, al igual que sucede en las otras estructuras, en fenómenos muy diversos. Pero sigamos por ahora con este capítulo de “Inhibición, síntoma y angustia” que Freud continúa con un estudio de la histeria de conversión. Sobre ella advierte que en la formación de los síntomas permanentes relacionados con la motilidad, como las parálisis y las contracturas, casi nunca surge angustia, pero que, por el contrario, en los síntomas intermitentes, como las convulsiones, y en los síntomas que afectan a la esfera sensorial, como las alucinaciones, sí se observan claras sensaciones de displacer. Con todo, debido a que en la formación de síntomas de la histeria de conversión constata una falta de transparencia que no le es posible averiguar a qué obedece, prefiere pasar rápido a analizar este proceso en la neurosis obsesiva. Explica entonces que la formación de síntomas lo que persigue es amalgamar la prohibición con la satisfacción, pero que en la neurosis obsesiva los síntomas son generalmente o bien de naturaleza negativa (prohibiciones, medidas preventivas y penitencias), o bien satisfacciones sustitutivas, de modo que en los casos menos complicados lo que se observa es que el síntoma es de dos tiempos: en el primero se ejecuta un acto que obedece a un cierto mandamiento y en el segundo se suprime o se deshace lo hecho. Recuérdese, por ejemplo, cuando el Hombre de las ratas tropezó en una piedra de la calle y la apartó a un lado porque se le ocurrió que cuando pasara por allí el coche de su amada podía también tropezar y volcar, volviendo minutos después a colocar de nuevo la piedra en su lugar original diciéndose que aquella idea no era más que un disparate.(344) Este problema lo relaciona con el hecho de que la formación de síntomas en la neurosis obsesiva actúa al principio, al igual que en la histeria, contra las exigencias libidinosas del complejo de Edipo, pero debido a que en estos casos la organización genital de la libido es débil (lo que considera que probablemente se debe a un factor constitucional), cuando el yo inicia la defensa lo que obtiene como primer resultado es una regresión de la fase fálica a la fase sádico-anal, regresión cuya explicación metapsicológica encuentra en una “defusión de las pulsiones”. Al llegar aquí se ve obligado a reconsiderar de nuevo el concepto de defensa que ya utilizó en sus primeros artículos y que había abandonado después a favor del de represión. Ahora piensa que la defensa es una noción más general dentro de la cual se pueden englobar, como mecanismos distintos, tanto la represión como la regresión. En las neurosis obsesivas se puede observar, con mayor claridad aún que en los casos normales y en los de histeria, que lo que motiva la defensa es el complejo de castración, por el cual se rechazan las tendencias del complejo de Edipo y comienza el período de latencia. Pero con la disolución del complejo de Edipo y la regresión de la libido, el superyó se hace extraordinariamente severo y el yo, obedeciéndole, desarrolla intensas formaciones reactivas (hipermoralidad, compasión y limpieza excesivas). Estas formaciones reactivas las considera entonces Freud un tercer mecanismo de defensa tras la represión y la regresión. Vemos ya, pues, que lo que caracteriza al proceso defensivo de la histeria es que se limita únicamente a la represión, mientras que en la neurosis obsesiva actúan otros mecanismos posteriormente. Y esto también lo relaciona con la severidad del superyó del obsesivo cuando explica, en el siguiente párrafo, que dicha severidad se debe a que, al proceder del Ello, el superyó no puede sustraerse a la regresión y a la defusión de las pulsiones que tienen lugar en el Ello al iniciarse el proceso de la defensa. De esta manera, durante el período de latencia se impone como principal labor de la defensa una feroz lucha contra la masturbación a través de una serie de ceremoniales centrados en las actividades de acostarse, lavarse, vestirse, caminar, etc.; es decir, las mismas actividades en las que habitualmente se subliman componentes erótico-anales. Resumiendo, así tenemos que en la formación de síntomas de la neurosis obsesiva intervienen tras la represión otros mecanismos defensivos, que no se observan en la histeria de angustia ni en la histeria de conversión, y que son fundamentalmente: 1. La regresión, con la que el yo se defiende del complejo de castración empujando la libido a etapas anteriores de satisfacción que no comporten tal riesgo. Y 2. Las formaciones reactivas, que consisten en rasgos de carácter que el yo desarrolla exageradamente obedeciendo al superyó, como la hipermoralidad y la limpieza excesivas. Después del período de latencia, la llegada de la pubertad es también decisiva en la neurosis obsesiva porque, siguiendo el camino marcado por el desarrollo sexual en la infancia, los nuevos impulsos libidinosos emprenden también la regresión y surgen en forma de tendencias agresivas y destructoras. Mientras el yo se resiste contra los impulsos violentos y crueles, el superyó insiste en reprimir esta sexualidad que adopta formas tan repulsivas. Además las representaciones obsesivas desagradables son conscientes, lo que Freud explica porque “aún si la represión no ha destruido el contenido del impulso pulsional agresivo, ha suprimido, en cambio, el carácter afectivo concomitante”(345). Por tanto, el yo se cree inocente porque permanece incomunicado con el Ello a causa de la represión, pero a la vez se siente abrumado por los sentimientos de culpa ya que permanece abierto a las influencias del superyó, el cual está al tanto de las pulsiones reprimidas. Por otra parte, también hay neurosis obsesivas exentas de sentimientos de culpa, pero esto se debe a que el yo evita su percepción por medio de nuevos síntomas que, al mismo tiempo, satisfacen impulsos masoquistas. Finalmente, Freud termina este capítulo refiriéndose a la diversidad de los fenómenos en las neurosis obsesivas y a la tendencia general que sigue en ellas la formación de los síntomas, la cual restringe en forma creciente al yo, impulsándolo a buscar cada vez más sus satisfacciones en los síntomas mismos, hasta llegar en ocasiones a tal situación que ya no puede emprender nada que no esté sumergido en el conflicto entre el Ello y el superyó. © ANTONIO SALVATIERRA CITAS: (342) Ídem. |
![]() |
![]() |