Capítulo IV.Inmediatamente a continuación de esta última frase citada (o sea, encuadrándola como una “neurosis histérica”), inicia Freud la que se conoce como su segunda y última relectura del caso Juanito preguntándose cuál es su síntoma. Al principio el niño se niega a salir a la calle porque le dan miedo los caballos, pero poco después se averigua que lo que teme es mucho más angustioso: que un caballo le muerda, incluso que consiga entrar, irrumpir en su cuarto para ello en cualquier momento. ¿Qué satisfacción y por qué es la que Juanito se prohíbe?. Para responderlo, nos dice que es preciso que consideremos “la total situación psíquica” del niño, el cual a los cuatro años de edad se encuentra en pleno apogeo de su complejo de Edipo. Basta entonces con recordar las primeras páginas del caso para comprender que es el amor a su madre y la consecuente ambivalencia hacia su padre lo que constituye en esa época la causa de su conflicto. Esos conflictos de ambivalencia -prosigue Freud- son muy frecuentes y tienen otro de sus desenlaces típicos en una represión por formación reactiva en el yo, con lo que uno de los dos impulsos en pugna, habitualmente el cariñoso, se intensifica mientras desaparece el opuesto. Pero eso no es lo que sucede en Juanito, en quien encontramos la alternativa del síntoma fóbico en primer lugar por el mecanismo del desplazamiento. Él había visto en una ocasión caerse un caballo y en otra caerse y herirse uno de sus pequeños amigos jugando a los caballos, de modo que cuando el análisis alcanza a descubrir estos recuerdos, ya es fácil deducir que el impulso asesino de su complejo de Edipo había encontrado su representación en la idea de que su padre se cayera y se hiriese como el caballo y el compañero de juegos. De aquí el temor a la venganza del caballo. “Quiere esto decir que no podemos calificar de síntoma la angustia de esta fobia. Si Juanito, que está enamorado de su madre, mostrara miedo a su padre, no tendríamos ningún derecho a atribuir una neurosis ni una fobia. Nos hallaríamos simplemente ante una reacción afectiva muy comprensible. Lo que hace de esta reacción una neurosis es única y exclusivamente la sustitución del padre por el caballo. Este desplazamiento es lo que puede calificarse de síntoma y lo que constituye el otro mecanismo que permite la solución del conflicto por ambivalencia sin el auxilio de la formación reactiva.”(336) Así el conflicto de ambivalencia no es resuelto en la misma persona (como veíamos antes que sucede cuando interviene la formación reactiva), sino que, por medio de un rodeo, es esquivado mediante el desplazamiento de uno de los dos impulsos a un objeto sustitutivo, en este caso el caballo. Pero si sólo se tratase de un desplazamiento, lo lógico sería que Juanito simplemente deseara ver a los caballos caerse, herirse e incluso morir, y esto no es lo que aparece en primer término en su análisis. Aunque otros casos permanecen dentro de ese límite, manteniendo el carácter agresivo del impulso y cambiando sólo su objeto (¿quizás podría ser uno de ellos el pequeño Arpad?), en este niño ha sucedido algo más. Y en este punto salta Freud a recordarnos el Hombre de los lobos, el joven ruso que él diagnosticó de neurosis obsesiva (aunque Lacan lo releyó más tarde, a la vista de su historial posterior, como psicótico) y que de niño, a raíz de un sueño de angustia, sufrió un temor en parte similar al de Juanito: el de ser mordido por un lobo(337). Nos habla también de otro de sus casos: un norteamericano que de niño se identificó con el protagonista de un cuento cuyo cuerpo estaba hecho de una sustancia comestible (el “gingerbreadman”) y que era perseguido por un caudillo árabe que quería comérselo. En todos esos casos se deduce fácilmente que el objeto sustitutivo representa al padre. De hecho, la idea de ser devorado por el padre constituye una representación infantil muy típica que incluso tiene sus analogías mitológicas (en Cronos, el rey de los dioses griegos que devoraba a sus hijos y que los romanos identificaron con Saturno), y es una expresión, regresivamente transformada, del impulso amoroso pasivo hacia el padre. Tenemos por tanto que han intervenido, además del mecanismo del desplazamiento, una regresión a lo oral y una transformación en lo contrario por proyección, es decir, una regresión con cambio de meta de la pulsión que ha transformado el deseo de ser amado por el padre en el temor a ser devorado por él. “Ahora bien: ¿se trata sólo de una sustitución de la representación por una expresión regresiva o de un rebajamiento regresivo real del impulso de orientación genital dado en el Ello?. No parece nada fácil decidirlo. El historial clínico del sujeto ruso al que antes aludimos, y para el cual el animal objeto de su zoofobia era el lobo, testimonia en favor de la segunda y la más seria de las posibilidades expuestas; pues a partir del sueño decisivo se condujo pésimamente, atormentando a todos los que le rodeaban, dando visibles muestras de impulsos sádicos y cayendo al poco tiempo en una típica neurosis obsesiva. De todas maneras, llegamos al conocimiento de que la represión no es el único medio de que dispone el yo para defenderse contra un impulso indeseado. Cuando consigue forzar la pulsión a una regresión, logra, en efecto, un resultado más dañino del que alcanzaría por medio de la represión.”(338) Empieza entonces a comparar los casos del Hombre de los lobos y de Juanito y descubre “dos cosas inesperadas”: 1. Que el impulso reprimido en ambas fobias es el impulso hostil contra el padre, el cual queda reprimido por el proceso de transformación en su contrario: en el lugar del deseo de agredir al padre, surge el temor a su venganza (como miedo a ser mordido en Juanito y miedo a ser devorado en el Hombre de los lobos). 2. Que simultáneamente también se ha reprimido el impulso opuesto, el amoroso pasivo hacia el padre, impulso que ya había alcanzado el nivel de la fase fálica y que es el que experimenta mayor regresión. Pero sólo en Juanito se observa también la represión del impulso amoroso hacia la madre. “Juanito parece haber sido un niño normal con el complejo de Edipo llamado ‘positivo’. (…) En el caso del ruso, el defecto se nos presenta en otro lugar; su relación con el objeto femenino ha sido perturbada por una temprana seducción; su lado femenino se halla muy desarrollado, y el análisis de su sueño con el lobo descubre muy poco de agresión intencional contra el padre, aportando, en cambio, pruebas inequívocas de que la represión se refiere a la disposición amorosa pasiva con respecto al mismo. También aquí pueden haber intervenido otros factores, pero no se nos hacen visibles. Si, a pesar de estas diferencias entre los dos casos, diferencias que los hacen casi antitéticos, es casi el mismo el resultado final constituido por la fobia, tal identidad tendrá su explicación en terreno distinto de aquel en que la hemos buscado hasta ahora. Hallamos en efecto la explicación buscada en (…) el miedo a una inminente castración.”(339) Éste es el motivo que tienen en común, el que genera la represión en ambos casos: tanto el miedo de ser mordido por un caballo como el de ser devorado por un lobo son sustitutivos deformados del miedo angustioso a ser castrado por el padre, pero mientras que por miedo a la castración renuncia Juanito a su deseo de eliminarlo de la familia, de que muera como el caballo al caer para ocupar su lugar junto a su mamá, por miedo a la castración renuncia el Hombre de los lobos a su deseo de ser amado por él. Tras una fobia, por tanto, concluye Freud, puede encontrarse reprimida cualquiera de las dos formas del complejo de Edipo, tanto la positiva como la negativa. Por otra parte, ahora ha de afirmar, en consecuencia con esta segunda teoría de la angustia, justamente lo opuesto a lo que venía sosteniendo en todos sus textos anteriores -recuérdese la número 25 de sus “Lecciones introductorias” por ejemplo- desde que empezó a trabajar su distinción entre angustia infantil, angustia neurótica y angustia real: que la angustia de la fobia es una angustia real, ya que no procede de la represión sino de la instancia represora misma. “El miedo angustioso de la zoofobia es el miedo a la castración, sin modificación alguna, esto es, un miedo real; miedo a un peligro verdaderamente inminente o juzgado real. La angustia causa aquí la represión, y no, como antes afirmábamos, la represión causa la angustia. Aunque no nos es agradable recordarlo, de nada serviría silenciar ahora que hemos sostenido repetidamente la opinión de que por medio de la represión quedaba la representación de la pulsión deformada, esto es, desplazada, etc., y transformado el impulso pulsional en angustia. Ahora bien, y como acabamos de ver, la investigación de las fobias, que creíamos habría de probar tales afirmaciones nuestras, no sólo no las confirma, sino que parece contradecirlas directamente. El miedo angustioso de las zoofobias es el miedo del yo a la castración; la angustia de la agorafobia, menos fundamentalmente estudiada hasta ahora, parece ser un miedo a la tentación sexual, miedo que ha de hallarse enlazado, en su génesis, al miedo de la castración. Por lo que hasta hoy nos ha sido posible descubrir, la mayoría de las fobias provienen de tal miedo del yo ante las exigencias de la libido. En ellas es siempre lo primario la disposición del yo a la angustia y el impulso a la represión. La angustia no nace nunca de la libido reprimida. Si anteriormente nos hubiéramos limitado a decir que después de la represión aparece, en lugar de la esperada expresión de la libido, cierta medida de angustia, no tendríamos hoy que retirar nada. Esta descripción es exacta; y entre la energía del impulso a reprimir y la intensidad de la angustia resultante existe, desde luego, la correlación afirmada. Pero confesamos que creíamos dar algo más que una simple descripción; suponíamos haber descubierto el proceso metapsicológico de una transformación directa de la libido en angustia, cosa que hoy ya no podemos sostener. Tampoco antes pudimos indicar cómo se cumplía tal transformación.”(340) Freud explica que lo que le condujo a tal idea -que ahora considera equivocada- fue su estudio de las neurosis actuales, en el cual observó que ciertas prácticas sexuales como el coito interruptus y la abstinencia forzada terminaban en explosiones de angustia. No le pareció pues demasiado atrevido suponer que era la libido reprimida la que se transformaba en angustia, y aún llega incluso a concederse que quizás sea cierto que en la represión se forma angustia a expensas de la libido de los impulsos reprimidos. “Mas entonces surge la cuestión de cómo es posible conciliar tal estudio con el de que la angustia sentida en las fobias es una angustia del yo, y nace en él en vez de nacer de la represión, la provoca. Esto parece una contradicción difícil de solucionar. La reducción de ambos orígenes de la angustia a uno solo no es nada sencillo. Podemos quizá arriesgar la hipótesis de que el yo sospecha peligros en la situación del coito interrumpido, de la excitación frustrada y de la abstinencia, peligros ante los cuales reacciona con angustia; pero esta hipótesis no nos conduce a nada. Por otra parte, los análisis de fobias realizados no parecen admitir rectificación alguna. ‘Non liquet!’.”(341) © ANTONIO SALVATIERRA CITAS: (336) Ídem, págs. 2842 y 2843. |
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