Capítulo II.El síntoma sustituye una expectativa de satisfacción de una pulsión tras un proceso de represión, proceso que se produce cuando el yo, a veces obedeciendo al superyó, rehúsa agregarse a una carga pulsional que proviene del Ello para impedir que la representación en la que se vehicula alcance la conciencia. El yo consigue inhibir o desviar la carga de excitación iniciada en el Ello gracias a su íntima relación con el sistema P-Cc, generando una señal de displacer para que el principio del placer le ayude en su propósito. Pero ¿de dónde obtiene la energía que precisa para eso?. A este respecto, Freud dice que el yo sigue en su defensa el mismo camino que cuando se defiende de un peligro externo: el intento de fuga. “La represión equivale a tal intento de fuga”(332). (Luego ya el intento de fuga no es sólo propio de las fobias). De modo que el yo obtiene la energía necesaria para generar la señal de displacer (de angustia) de la carga preconsciente de la representación que trata de reprimir. Así que Freud vuelve a repetir que el yo es la verdadera sede de la angustia (como escribía en “El yo y el Ello”) y rechaza ahora lo que sostuvo en su primera teoría de la angustia: que ésta se generaba automáticamente por transformación de la energía de carga de la pulsión reprimida: “El problema de cómo surge angustia en la represión puede muy bien ser de carácter complejo, pero ello no obsta para mantener la idea de que el yo es la verdadera sede de la angustia y rechazar nuestra opinión primitiva de que la energía de carga del impulso reprimido era transformada automáticamente en angustia. Al expresarnos así en ocasiones anteriores realizamos una descripción fenomenológica y no una exposición metapsicológica.”(333) Aquí comienza, pues, el giro que realiza en esta obra de la primera a la segunda teoría de la angustia y del que ya veníamos hablando desde nuestro análisis del apartado C de “La neurastenia y la neurosis de angustia”. Ni siquiera es preciso, según piensa ahora Freud, que se produzca un aumento de carga para generar la angustia de la señal de displacer, ya que ésta surge simplemente cuando el yo, utilizando la energía de la representación a reprimir, carga una imagen mnémica previa de sucesos traumáticos primitivos vividos en situaciones análogas. En este punto hace una incursión en el tema de las represiones secundarias (que son las que habitualmente se nos presentan en nuestra labor terapéutica) y las represiones primitivas que han de precederlas, y señala que aún no le ha sido posible determinar el papel del superyó en la represión, ni si éste crea una línea divisoria entre represión primitiva y secundaria, pero que piensa que ya antes de la diferenciación del superyó se producen explosiones de angustia muy intensas que pueden deberse a la ruptura de la protección contra los estímulos. En cualquier caso, y a propósito del tema de la formación de síntomas, diferencia entre una represión exitosa, en la que el yo logra subyugar por completo el impulso pulsional tras generar la sensación de displacer como señal, y las represiones más o menos fracasadas, que son las que dan lugar a las formaciones sustitutivas, a la enfermedad neurótica con sus síntomas, que no producen ningún placer pero adquieren un carácter compulsivo. No obstante, en la degradación de la satisfacción de la pulsión a la categoría de síntoma, muestra también el yo que, a través de la represión, ejerce su poder sobre otro aspecto: la descarga por medio de la motilidad que le permitiría la acción adecuada. De modo que el yo domina tanto el acceso a la conciencia como el paso a la acción hacia el mundo exterior, y en la represión ejerce ese poder en las dos direcciones: sobre la representación y sobre la pulsión misma. Por lo que Freud viene a terminar este capítulo preguntándose cómo se concilia tanto poder del yo con los resultados de su estudio anterior en “El yo y el Ello”, artículo en el que como se recordará insistió en la debilidad del yo por su relación de dependencia con respecto al Ello y al superyó. © ANTONIO SALVATIERRA CITAS: (332) Ídem, pág. 2837. |
![]() |
![]() |