APARTADO II.

* La primera parte de este apartado, dedicado al análisis de lo que el caso Juanito aporta a la comprensión de las fobias, la comienza haciendo referencia a la ganancia primaria que obtiene el niño al enfermar: así no tiene más remedio que permanecer junto a su mamá y consigue que ella le haga “mimitos”.

Nos recuerda entonces que los dos primeros días lo que sufre es de agorafobia, miedo a las calles, pero que muy rápidamente la fobia se desvía del espacio y toma al caballo como objeto, expresando Juanito incluso el temor de que el caballo entre en su cuarto.

Y reconoce a continuación que la situación de las fobias en la nosología ha sido hasta ahora “muy indeterminada”, pero agrega que a partir de lo estudiado en este historial clínico:

1. “Para las fobias como ésta de nuestro Juanito, que son las más frecuentes, no me parece impropia la denominación ‘histeria de angustia’, propuesta por mí al doctor W. Stekel cuando emprendió su exposición de los estados nerviosos de angustia y que espero acabará por imponerse, pues queda justificada por la perfecta coincidencia del mecanismo psíquico de tales fobias con el de la histeria, salvo en un solo y único punto decisivo, muy apropiado para la diferenciación. En efecto, la libido desligada del material patógeno por la represión no es convertida, o sea, utilizada, partiendo de lo anímico, para una inervación somática, sino que queda libre en calidad de angustia.”

2. “La histeria de angustia es la enfermedad psiconeurótica más frecuente, pero sobre todo la de aparición más temprana en la vida individual; es la neurosis de la época infantil. Cuando una madre dice que su hijo es muy ‘nervioso’, puede darse por seguro, en nueve casos de cada diez, que padece una angustia cualquiera o muchos temores angustiosos a la vez.”

3. “Por desgracia, el sutil mecanismo de estas enfermedades tan importantes no ha sido aún suficientemente estudiado.”

4. “A mi juicio, es aquella enfermedad neurótica que menos exige una constitución especial, y por lo tanto la que más fácilmente puede ser contraída en cualquier período de la vida.”

5. “La histeria de angustia evoluciona cada vez más hacia la ‘fobia’. Al final, el enfermo puede haber quedado libre de angustia, pero sólo a costa de inhibiciones y restricciones a las que hubo de someterse.”

6. “Puede decirse que el tratamiento de la histeria de angustia ha sido hasta ahora puramente negativo. La experiencia ha demostrado que es inútil, y en algunas circunstancias muy peligroso, intentar la curación de una fobia de un modo violento, colocando al enfermo en una situación en la que tenga necesariamente que pasar por el desarrollo de angustia, después de haberle privado de su defensa. Se le obliga así a buscar protección donde cree encontrarla y se le testimonia un desprecio ineficaz a causa de su ‘incomprensible cobardía’.

Los padres de nuestro pequeño paciente estaban convencidos, desde un principio, de que el remedio no estaba en reírse de él ni brutalizarle, sino en buscar, por el camino psicoanalítico, el acceso a sus deseos inconscientes.”(169)

Resumiendo, que si en sus anteriores trabajos la fobia sólo ocupaba en la nosología el lugar de un síntoma muy indeterminado, que podía aparecer adosado a cualquier entidad clínica, a partir de este caso Freud apuesta por una entidad en particular, la histeria de angustia, que caracteriza porque en ella la angustia tiende de modo predeterminado a taponarse con la fobia -con las inhibiciones y restricciones que ésta conlleva- y de la cual aún no considera suficientemente estudiado el mecanismo.

Así nos lo explica también Yafar:

“Para Freud el carácter esencial de las histerias de angustia es el de tramitarse como ‘fobias’, lo cual libera de angustia al enfermo pero lo restringe, lo ‘cura’ a costa de las inhibiciones y limitaciones a las que se somete. (…) Ante ello, Freud termina diciendo que no es lícito la burla, el maltrato ni la violencia, analíticamente respetuoso de la certeza que la angustia manifiesta en esas situaciones.”(170)

Por otro lado, Freud considera que la histeria de angustia es la entidad clínica que menos precisa del factor constitucional y, por tanto, la que más fácilmente puede contraer cualquier sujeto en cualquier época de la vida, especialmente en la infancia. Y en relación a esto último, Yafar señala además que cuando Freud afirma que las histerias de angustia son las psiconeurosis más frecuentes en la infancia, “las neurosis de la época infantil”, lo que nos está diciendo es que constituyen:

“(…) lo que de neurótico tiene un niño, lo que de tropiezo significante hallamos en su historia, quedándonos por explorar la producción de patologías a partir de la serie de los objetos que mencionamos (y revistamos en Hans), o sea, a partir de los diversos duelos (oral, anal, etc.), cumplidos o no, por los que debe atravesar en su constitución subjetiva.”

Y precisa más esta cuestión en una nota a pie de página:

“El síntoma ‘princeps’ de la infancia, la ‘fobia’, no puede ser confundido con un listado (aún por explorar y teorizar) de las alteraciones ligadas a los duelos inconclusos por los objetos (anorexia-bulimia, enuresis y encopresis, mutismos, etc.).”(171)

* La segunda parte de este mismo apartado II de la “Epicrisis”, que dedica Freud a elaborar una síntesis del desarrollo del análisis de Juanito (“la ‘dinamopatogenia’ de la fobia, o más sencillamente ‘la explicación de la curación’, la resolución del síntoma”, que dice Yafar), la hemos ido trabajando paralelamente al “Historial clínico”, y puesto que venimos aprovechando este caso para ir adentrándonos también paulatinamente en lo que nos interesa para nuestra investigación de la obra de Lacan a través del libro de Raúl A. Yafar sobre “El caso Hans”, nos limitaremos ahora a sintetizar lo que escribe este último autor al respecto, el cual diferencia tres momentos en el análisis:

Uno primero en el que el padre del niño insiste en asociarle el síntoma a la masturbación a partir de la analogía entre dos frases, “si te tocás el pito te van a castrar” y “si tocás al caballo te va a morder”, lo que se demuestra ineficaz porque en realidad la asociación entre el miembro y el caballo es puramente casual, sólo se sostiene en lo imaginario. Un segundo momento en que Freud piensa en la necesidad de aclararle la diferencia entre los sexos, pero que tampoco alcanza para ayudarle a descifrar el complejo representacional “caballo”. Y un tercer momento en que Freud se plantea proceder al desciframiento, a la decodificación del síntoma, a hacer “consciente lo inconsciente” simplemente trabajando sobre el entramado significante del complejo “caballo”, que está operando como Otro, a partir de la escucha de las palabras del propio niño. Así, finalmente, se consigue la resolución del síntoma, y Yafar dice que es el momento en que:

“(…) vemos operando en un historial clínico claramente lo que era para Freud el psicoanálisis: otorgarle importancia al discurso del paciente, a ese lugar Otro donde hallamos las representaciones con las que construiremos la Otra escena, escena edípica que el analista ‘conoce’ desde antes, pero que es desde el decir del paciente que debe ser ‘subjetivada’. Y las trabas de esa subjetivación son los ‘síntomas’.”(172)

A partir de ahí se explica la intervención de Freud en la entrevista con el niño, el mito que le narra, que es sólo una explicitación del complejo de Edipo para aminorar su angustia y permitirle iniciar el fluir del material, ante el cual el analista actúa como un descifrador de enigmas. Ahora bien, aunque de esta forma se consigue la cura del síntoma de Juanito, Yafar abre aquí una pregunta que en nuestra investigación nos limitaremos de momento a consignar: si el psicoanálisis es exclusivamente esto.

* Llegamos entonces a la tercera parte del apartado II, donde Freud describe el conflicto que, a partir del nacimiento de la hermanita, termina generando en Juanito su síntoma de la fobia al caballo, ese conflicto que, según el esquema que utiliza en esa época, podemos leer que se entabla entre las pulsiones sexuales del niño por una parte y su Yo representando la fuerza represora-inhibidora de lo incestuoso por otra, dando lugar a una “oleada represiva” que cae sobre su sexualidad, sobre los componentes de su complejo de Edipo (su hostilidad y celos hacia el padre y su sadismo erótico hacia la madre).

Y aquí es importante recordar lo siguiente: Aunque, como vimos con anterioridad, tras la exposición del período prefóbico que hace Freud en la “Introducción”, el desarrollo de Juanito hasta entonces se podía deducir que era, al menos aparentemente, de lo más normal, como el de cualquier otra “criatura despierta, alegre y juiciosa” de su misma edad, nos había quedado abierta una interrogante: Por qué, sin embargo, poco después contrae la fobia. En otras palabras, si como decía Freud en estos casos de histeria de angustia el factor constitucional es irrelevante, ¿dónde radicaba la predisposición de Juanito a la enfermedad?. Pues bien, es justamente en este punto de la “Epicrisis” donde hallamos la respuesta con más claridad:

“De las pérdidas ocasionadas por la llegada de la hermanita se compensa Juanito con la fantasía de que también él tiene hijos, y mientras pudo jugar y convivir realmente con otros niños en quienes encarnaba su imaginaria descendencia (durante su segundo veraneo en Gmunden), su ternura halló derivación bastante. Pero a su retorno a Viena se encontró de nuevo solitario, acumuló sobre su madre todos sus deseos y exigencias y sufrió una privación más al ser expulsado de la alcoba de los padres, en la que había convivido con ellos hasta los cuatro años y medio. Su excitabilidad erótica, intensificada, se exteriorizó ahora en fantasías en las cuales evocaba a sus amiguitos de Gmunden, y en satisfacciones autoeróticas regulares por excitación masturbatoria de los genitales.”(173)

Comprendemos mejor entonces la insistencia del padre en relacionar a Juanito la fobia con la masturbación, pero también, tras ese “se encontró de nuevo solitario” que nos revela este párrafo, así como por el detalle de que lo mantuvieron en la alcoba de los padres hasta los cuatro años y medio, podemos entrever ahora mucho más: Como nos señala Yafar, Juanito antes de contraer la fobia ya es un niño “quedado”, inhibido previamente, que sólo en las vacaciones puede relacionarse con otros niños porque está muy retenido por su madre, una madre que a su manera es “una madre excelente y cuidadosa, a la que seguramente preocupan mucho los trastornos de su hijo”, tal y como defiende Freud al comienzo del historial, pero que por otra parte, simultáneamente, es una madre “seductora activa”(174), que se desviste continuamente delante del niño (recuérdese el episodio relatado sobre las bragas), que lo lleva con ella al retrete cada vez que entra a hacer sus necesidades, que le miente diciéndole que ella también tiene “la cosita” para sostener su interés, que le amenaza con hacer venir al doctor para cortarle a él la suya si se la sigue tocando, que le dice mientras le baña que su cosita es “una porquería”, que cuando le reprende por sus travesuras hasta le advierte que le puede llegar a abandonar, etc.; una madre, en definitiva, que busca tanto cautivarle como amedrentarle para retenerle a su lado todo el tiempo y así compensar su insatisfacción marital, mientras el padre -aunque a su modo también es un buen padre porque intenta ayudar a su hijo cuanto le es posible- no sabe qué otra cosa hacer que protestar de vez en cuando y tomar notas de sus observaciones para enviárselas a Freud.

Por consiguiente, como escribe Yafar:

“El niño ha sido educado con represión ‘excesiva’, su impulsividad sexual no ha tenido ‘nunca’ lugar, y al no haber salida para la misma, al estar ‘sofocado’ e inhibido previamente (piensen en el típico ‘deseo prevenido’ del fóbico, en su lejanía del actuar espontáneo), ese ‘esforzar pulsional en sí mismo’ se topa con un ‘muro rígido’, por decirlo de algún modo, con lo que de ‘frágil’ éste tiene, con lo que de falta de plasticidad hay en un cristal por ejemplo. Ésta es la ‘predisposición a la enfermedad’ (…).”(175)

Éste es entonces el estado del niño cuando estalla el conflicto, y el resultado de dicho conflicto entre las fuerzas pulsionales y la represión, el síntoma fóbico como formación transaccional, es simplemente -como dice Yafar- un “éxito lastimoso”, porque lo que triunfa a fin de cuentas es la represión.

Al llegar aquí, Freud introduce una nota a pie de página que también es interesante señalar porque se refiere a la posibilidad de otros destinos pulsionales diferentes a la represión, en este caso concreto a la sublimación artística a través de la música, ya que el padre de Juanito era musicólogo y Freud escribe:

“El padre pudo observar también que paralelamente a esta represión se desarrolla en Juanito un proceso de sublimación. A partir de la aparición de la angustia, mostró, en efecto, un intenso interés por la música y comenzó a desarrollar sus dotes musicales hereditarias.”(176)

Bueno, la explicación de estos impulsos sublimatorios como un asunto de mera herencia Yafar no la considera suficiente, así que nos aporta otra idea que, aunque tampoco tenga demasiado alcance como reconoce, sí nos parece que puede aproximar más a su comprensión: Puesto que el padre es musicólogo, el niño lo que ha buscado es una actividad que le permita establecer un “lazo productivo”(177) con él.

Pero volviendo con los resultados de la represión tras el surgimiento del síntoma fóbico, el primero que marca Freud es la “limitación de la libertad de movimiento”. Ya antes nos había dicho que su neurosis “está bajo el signo de los medios de transporte”, y esto es muy característico, como explica Yafar, porque se debe a que todo lo que es pasible de moverse, cambiarse o precipitarse le puede “sorprender”, y su yo (que es duro pero también frágil al mismo tiempo -recuérdese la metáfora del cristal), no lo puede soportar, rápidamente se angustia. De modo que Juanito desarrolla primero esa agorafobia tan corta e inmediatamente la fobia al caballo que le sucede hasta la curación, para limitar su movilidad y, con ello, los “oscuros impulsos motores” hacia su madre:

“El caballo había sido siempre para Juanito un ejemplo del placer del movimiento (‘Soy un potrito’, decía saltando y corriendo); pero como este placer integra el impulso al coito, queda restringido por la neurosis, que erige también al caballo en la imagen misma del miedo.”(178)

A propósito de esto, y finalizando ya el apartado II, Freud discute la teoría de Alfred Adler de que “la angustia nace de la represión de la pulsión de agresión”, y se niega a aceptar la existencia de semejante pulsión no sólo porque en esta época él se maneja con su primera teoría de las pulsiones (en la que opone pulsiones sexuales y pulsiones de conservación), sino porque considera la agresividad un carácter general e indispensable de todas las pulsiones(179), sin el cual quedarían despojadas de los medios para alcanzar sus fines, o sea, de la movilidad necesaria para ello.

Por su parte, en su comentario al respecto, Yafar también relaciona movilidad con agresividad, y advirtiendo que no se refiere a la agresividad narcisista, del yo, sino a la agresividad como componente del movimiento pulsional en sí mismo; es decir, con aquello que Freud teorizará con más precisión pocos años después, en “Las pulsiones y sus destinos”, de 1915, sobre que la libido es siempre masculina, o sea activa, porque la sexualidad implica siempre un aspecto motor, ya que incluso para alcanzar los fines pasivos de la pulsión se requiere alguna actividad(180). Entonces, en Juanito, nos dice Yafar, este componente motor de la pulsión está “prevenido” de aparecer(181), y nos remite además, para una mejor comprensión de este tema, a Winnicott.(182)

© ANTONIO SALVATIERRA

CITAS:

(169) Freud, S.: “Análisis de la fobia de un niño de cinco años (Caso Juanito)”, págs. 1425 y 1426. Ed. Biblioteca Nueva. Tercera edición. Madrid, 1973.
(170) Yafar, R.A.: “El caso Hans: Lectura del historial de Freud”, págs. 124 y 125. Ed. Nueva Visión. Buenos Aires, 1991.
(171) Ídem, pág. 124.
(172) Ídem, pág. 126.
(173) Freud, S.: “Análisis de la fobia de un niño de cinco años (Caso Juanito)”, pág. 1433. Ed. Biblioteca Nueva. Tercera edición. Madrid, 1973.
(174) Véase Yafar, R.A.: “El caso Hans: Lectura del historial de Freud”, pág. 18. Ed. Nueva Visión. Buenos Aires, 1991.
(175) Ídem, pág. 141.
(176) Freud, S.: “Análisis de la fobia de un niño de cinco años (Caso Juanito)”, pág. 1435. Ed. Biblioteca Nueva. Tercera edición. Madrid, 1973.
(177) Véase Yafar, R.A.: “El caso Hans: Lectura del historial de Freud”, pág. 144. Ed. Nueva Visión. Buenos Aires, 1991.
(178) Freud, S.: “Análisis de la fobia de un niño de cinco años (Caso Juanito)”, pág. 1436. Ed. Biblioteca Nueva. Tercera edición. Madrid, 1973.
(179) Ídem, ver pág. 1437.
(180) Véase Freud, S.: “Las pulsiones y sus destinos”, págs. 2046 y 2047. Ed. Biblioteca Nueva. Tercera edición. Madrid, 1973.
(181) Véase Yafar, R.A.: “El caso Hans: Lectura del historial de Freud”, pág. 143. Ed. Nueva Visión. Buenos Aires, 1991.
(182) Véase Winnicott, D.W.: “La agresión en relación con el desarrollo emocional”, en “Escritos de pediatría y psicoanálisis”, págs. 289 a 294. Ed. Laia. Barcelona, 1979.
 

Ir a INICIO Volver   Subir   Continuar