V. Las servidumbres del yo.

El superyó debe su situación tan especial a que es la primera identificación que tuvo que realizar el yo cuando aún era débil y a que es el heredero del complejo de Edipo, por lo que ha introducido en el yo sus objetos más importantes. Así pues, el yo se somete al imperativo categórico del superyó del mismo modo que el niño se sometía a los padres.

El superyó permanece siempre próximo al Ello por su relación con las adquisiciones filogénicas del Ello (recuérdese lo que ya dijimos sobre lo que representa la filogénesis en Freud) y se halla más alejado que el yo de la conciencia.

Para investigar estas relaciones vuelve a referirse (como en “Recuerdo, repetición y elaboración” y en “Más allá del principio del placer”) a la “reacción terapéutica negativa”, el mecanismo por el que muchos analizantes reaccionan durante la cura en sentido inverso a como sería lógico esperar y detrás del que encuentra siempre un factor de orden moral: un sentimiento de culpabilidad inconsciente, que “permanece mudo para el enfermo”(275) pero le mantiene en la enfermedad como castigo, hasta llegar a constituir a veces el mayor obstáculo contra la curación.

En una nota a pie de página advierte que no se puede hacer nada directamente contra esta reacción, tan sólo de forma indirecta y de manera paulatina ir descubriendo al analizante sus fundamentos reprimidos para que el sentimiento de culpa llegue a hacerse consciente. En algunas ocasiones se descubre que este sentimiento de culpa es consecuencia de una identificación del sujeto con otra persona que fue importante en su vida, es decir, el resultado de una identificación tras una relación erótica abandonada en un proceso similar al que se observa en la melancolía, y en tales casos, cuando se consigue revelar esta carga de objeto previa que se ocultaba bajo el sentimiento de culpa inconsciente, se puede conseguir un completo éxito terapéutico. Pero no siempre sucede así.

Por todo ello, Freud piensa que es posible incluso que sea la conducta del ideal del yo la que determine la mayor o menor gravedad de la neurosis, de modo que considera conveniente observar a continuación cómo se manifiesta el sentimiento de culpa en diversas circunstancias.

El sentimiento de culpa consciente y normal, la conciencia moral, se debe a la tensión habitual entre el yo y el ideal del yo, y no opone dificultades a la interpretación. Pero hay dos afecciones en las que adquiere una intensidad patológica: en la neurosis obsesiva y en la melancolía.

En ciertas formas de la neurosis obsesiva, el sujeto pide ayuda por un intenso sentimiento de culpa consciente para el que su yo no encuentra ninguna justificación, pero Freud nos advierte que no se debe responder a tal demanda porque en esos casos, mediante el análisis, siempre se puede descubrir en lo reprimido la base del sentimiento de culpabilidad. Y concluye: el superyó sabe más del Ello inconsciente que el yo.

En la melancolía, por el contrario, el yo del sujeto ni siquiera se atreve a protestar porque, debido a su identificación con el objeto de sus reproches, se cree culpable y merecedor del castigo. El superyó, pues, lo que hace es dirigir sus iras contra el objeto acogido en el yo.

Pero para el problema aquí planteado le parece preferible a Freud examinar otros casos en los que el sentimiento de culpa permanece inconsciente, como “sucede, sobre todo, en la histeria y en los estados de tipo histérico”(276) (y donde encuadra también, por tanto, a la histeria de angustia). Si bien generalmente el yo lleva a cabo las represiones al servicio del superyó, lo que se observa en estos casos es que el yo utiliza la represión para mantener a distancia del superyó el material al que se refiere el sentimiento de culpa.

Esto le conduce a considerar que en realidad es lógico que gran parte del sentimiento de culpa sea siempre inconsciente, puesto que la génesis de la conciencia moral se halla ligada al complejo de Edipo, también relegado al inconsciente.

Tras una rápida referencia a que el sentimiento inconsciente de culpa puede llegar a convertir al individuo incluso en un criminal(277), prosigue señalando que en todos estos últimos casos estudiados demuestra el superyó su independencia del yo y su íntima relación con el Ello inconsciente, y agrega que el superyó puede actuar en tales sujetos a través de representaciones verbales (ya que éstas llegan al superyó antes que a la conciencia), pero que entonces la energía de carga no la obtienen esas representaciones por la percepción auditiva, sino desde fuentes situadas en el Ello.

Para investigar ahora cómo puede el superyó manifestarse esencialmente en forma de sentimiento de culpa, de crítica contra el yo, revisa de nuevo la melancolía, donde dice que el sadismo que desata el superyó se explica porque el componente destructor se instala en él, reina en el superyó vuelto contra el yo y, con frecuencia, hasta lo conduce a la muerte.

Al contrario que el melancólico, el neurótico obsesivo no busca nunca su propia muerte y está mejor protegido contra ella que el histérico. Debido a la regresión que la neurosis obsesiva implica, la disociación de las pulsiones libera el impulso de destruir al objeto, y si bien al principio su yo se rebela tanto contra las exigencias criminales del Ello como contra los reproches de su conciencia moral (lo que no le evita sufrir “un infinito auto-tormento”), más tarde, cuando le es accesible, se dedica a martirizar sistemáticamente a su objeto con la finalidad última de conseguir su anulación total, su degradación y desintegración paulatina hasta la muerte. Rasgo verdaderamente asesino que, como veremos en su momento, cuando estudiemos las denominadas por Lacan como “estructuras freudianas”, podemos observar en la clínica de forma muy evidente por hallarse particularmente acentuado en determinados sujetos de estructura obsesiva, en ciertos “neuróticos obsesivos con rasgos perversos”.

Prosigue Freud preguntándose a continuación por la severidad del superyó en la melancolía, superyó que parece abarcar y utilizar todas las ramificaciones de las pulsiones de muerte contra el yo, y señala que, desde el punto de vista de la moralidad, el Ello es totalmente inmoral, el yo se esfuerza en ser moral, y el superyó puede hacerse “hipermoral” y tan cruel como el Ello.

“Es singular que cuanto más se limita el hombre su agresión hacia el exterior, más severo y agresivo se hace en su ideal del yo, como por un desplazamiento y un retorno de la agresión hacia el yo.”(278)

E introduce entonces una nueva hipótesis, la de que el ideal del yo extrae su imperativo riguroso y cruel de la pulsión de muerte segregada tras la disociación de las pulsiones que conlleva la identificación con el padre.

Así considera que comienza a aclararse nuestra representación del yo, el cual se nos aparece sometido a tres servidumbres y amenazado por tres tipos de peligros: los del mundo exterior, los de la libido del Ello y los del rigor del superyó. Peligros a los que corresponden también tres clases de angustia, puesto que la angustia es la manifestación de una retirada ante el peligro.

Por otra parte, el yo no se comporta igual con respecto a las dos clases de pulsiones, sino que mediante la identificación y la sublimación en realidad ayuda a las pulsiones de muerte del Ello a sojuzgar la libido y se expone al peligro de convertirse en víctima de tales pulsiones.

“Cuando el yo sufre la agresión del superyó o sucumbe a ella, ofrece su destino grandes analogías con el de los protozoos que sucumben a los efectos de los productos de descomposición creados por ellos mismos.”(279)

La misma moral que actúa en el superyó sería uno de estos productos de descomposición. La más interesante de las servidumbres del yo es la que le liga al superyó. Y, al llegar a este punto, hace Freud la única mención a las fobias que encontramos en esta obra:

“El yo es la verdadera residencia de la angustia. Amenazado por tres distintos peligros, desarrolla el yo el reflejo de fuga, retirando su carga propia de la percepción amenazadora o del proceso desarrollado en el Ello y considerado peligroso, y emitiéndola en calidad de angustia. Esta reacción primitiva es sustituida luego por el establecimiento de cargas de protección (mecanismo de las fobias). Ignoramos qué es lo que el yo teme del mundo exterior y de la libido del Ello. Sólo sabemos que es el sojuzgamiento o la destrucción, pero no podemos precisarlo analíticamente. El yo sigue, simplemente, las advertencias del principio del placer. En cambio, sí podemos determinar qué es lo que se oculta detrás de la angustia del yo ante el superyó, o sea ante la conciencia moral. Aquel ser superior que luego llegó a ser el ideal del yo amenazó un día al sujeto con la castración, y este miedo a la castración es probablemente el nódulo en torno del cual cristaliza luego el miedo a la conciencia moral.”(280)

Discute seguidamente la idea de que todo miedo o angustia se pueda reducir al miedo a la muerte, ya que ésta es un concepto abstracto para el que no se halla nada correlativo en lo inconsciente, y sostiene que la angustia ante la muerte se desarrolla entre el yo y el superyó.

Para demostrarlo, nos remite a las dos circunstancias en las que se observa la génesis de la angustia ante la muerte: en la melancolía y como reacción ante un peligro exterior. En la primera, el yo se abandona a sí mismo porque, en lugar de sentirse amado por el superyó (que debería ejercer la misma función protectora que un padre), se vive perseguido y odiado por él. Del mismo modo, cuando el yo se siente amenazado por un grave peligro, también se siente abandonado por todos los poderes protectores, en la misma situación que constituyó el trauma del nacimiento y que genera la angustia infantil.

Por todo ello, Freud concluye que tanto la angustia ante la muerte como la angustia ante la conciencia moral, son sólo una elaboración de la angustia ante la castración.

© ANTONIO SALVATIERRA

CITAS:

(275) Ídem, pág. 2722.
(276) Ídem, pág. 2723.
(277) Véase Lacan, J.: “Introducción teórica a las funciones del psicoanálisis en criminología”, págs. 122 a 129. En “Escritos 1”. Ed. Siglo XXI. Madrid, 1984.
(278) Freud, S.: “El yo y el Ello”, pág. 2725. Ed. Biblioteca Nueva. Tercera edición. Madrid, 1973.
(279) Ídem, pág. 2726.
(280) Ídem, pág. 2727.
 

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