III. El yo y el superyó (ideal del yo).

Comienza recordando, incluyendo notas a pie de página, que ya en su “Psicología de las masas” publicada en 1921, habló de una diferenciación dentro del yo a la que da el nombre de ideal del yo o superyó(267), y que sobre lo que entonces escribió al respecto sólo ha de introducir una rectificación: que la función del examen de la realidad no la realiza el superyó, como suponía en aquella época, sino el yo. Además, en la misma nota concreta que el nódulo del yo es el sistema P-Cc; y Strachey advierte que en “Más allá del principio del placer” Freud ubicaba este nódulo del yo en su porción inconsciente y que, más adelante, en “El humor”, de 1927, lo situará en el superyó(268).

Para explicar su formación nos remite a “Duelo y melancolía”, de 1917, donde descubrió que en la melancolía se producía la sustitución de una carga de objeto por una identificación(269), y nos dice que posteriormente comprendió que tal sustitución de cargas de objeto por identificaciones participa siempre en la estructuración del yo y de su carácter, y que tales transmutaciones constituyen para el yo un medio de dominar al Ello a costa de una mayor docilidad por su parte, como si al tomar los rasgos del objeto se ofreciera al Ello para compensarle diciéndole: “Puedes amarme, pues soy parecido al objeto perdido”(270).

En ese punto se pregunta si el abandono de los fines sexuales que implica esta transformación de libido objetal en narcisista no será el camino general que conduce también tanto a la sublimación como a otros destinos de la libido.

En cualquier caso, lo que considera más importante trabajar en este momento son los efectos de las primeras identificaciones, las que se realizan en la primera infancia y son más duraderas en la vida de cualquier individuo, y eso le conduce a la génesis del ideal del yo, detrás de la que considera que se oculta la primera y más importante identificación: una identificación directa e inmediata -anterior a toda carga de objeto- con el padre. Pero atención, al respecto señala en otra nota a pie de página que quizás fuera más prudente decir “con los padres”, ya que se trata de una identificación anterior al descubrimiento de la diferencia de los sexos y, por tanto, de la falta de pene en la madre.

La complejidad de estas primeras relaciones e identificaciones de los niños la atribuye a dos factores: la disposición triangular de la relación de Edipo y la bisexualidad constitucional del individuo. Y tras describirlas concluye que como resultado del complejo de Edipo completo, en su doble aspecto positivo y negativo, queda siempre en el yo un residuo causado por el establecimiento de las dos identificaciones con los padres enlazadas entre sí, modificación del yo que desde entonces se opone al yo restante en calidad de ideal del yo o superyó.

Esta oposición del superyó al yo la vemos tanto en la advertencia “Así -como el padre- debes ser”, como en la prohibición “Así -como el padre- no debes ser, pues hay algo que le está exclusivamente reservado”(271). Y aquí expone Freud una hipótesis que más adelante él mismo corregirá: que el superyó conserva el carácter del padre, y que cuanto más severo es éste, más severamente reina después el superyó sobre el yo como conciencia moral.

Prosigue después explicando que, por su génesis, el superyó es el heredero del complejo de Edipo y actúa como el abogado del Ello ante el yo, constituyendo también el nódulo del que parten todas las religiones, la moral y los sentimientos sociales. Nos recuerda entonces que ya expuso en “Tótem y tabú” que éstos se desarrollaron filogénicamente del complejo paterno, e indaga en los problemas que le supone el tener que hacer intervenir la filogénesis en su argumentación. Pero como nos advierte Enric Berenguer, esta teoría de que la historia del individuo reproduce la historia de la especie, con el avance de las ciencias ya no conserva el crédito que tenía en aquel tiempo, y Lacan la lee como parte del mito del “padre de la horda primitiva”(272). En otras palabras, para Lacan, cuando Freud nos habla de filogénesis es porque hace referencia a aquello de lo simbólico que a través de la cultura se transmite al niño acerca de lo que de lo real resta siempre inexplicable.

Freud termina este capítulo señalando que los antiguos conflictos del yo con el Ello pueden continuar transformados en conflictos del yo con el superyó, y que es la amplia comunicación que sostiene con el Ello lo que nos explica que el ideal del yo permanezca en gran parte inconsciente e inaccesible al yo.

© ANTONIO SALVATIERRA

CITAS:

(267) Véase Freud, S.: “Psicología de las masas y análisis del yo”, págs. 2600 a 2603. Ed. Biblioteca Nueva. Tercera edición. Madrid, 1973.
(268) Véase Freud, S.: “El humor”, pág. 2999. Ed. Biblioteca Nueva. Tercera edición. Madrid, 1973.
(269) Véase Freud, S.: “Duelo y melancolía”, págs. 2098 a 2100. Ed. Biblioteca Nueva. Tercera edición. Madrid, 1973.
(270) Freud, S.: “El yo y el Ello”, pág. 2711. Ed. Biblioteca Nueva. Tercera edición. Madrid, 1973.
(271) Ídem, pág. 2713.
(272) Véase Berenguer, E.: “Identidad, identificación y lazo social. La perspectiva de Freud”, págs. 43 y 44. Documento interno de la Universidad de León.
 

Ir a INICIO Volver   Subir   Continuar