Capítulo III.Continúa Freud contándonos que con el abandono de la hipnosis se le hizo evidente lo que hasta entonces ésta había encubierto: que las neurosis se debían a un conflicto anímico entre fuerzas, magnitudes dinámicas. "Todo lo olvidado había sido penoso por un motivo cualquiera para el sujeto, siendo considerado por las aspiraciones de su personalidad como temible, doloroso o vergonzoso. Había, pues, que pensar que debía precisamente a tales caracteres el haber caído en el olvido, esto es, el no haber permanecido consciente. Para hacerlo consciente de nuevo era preciso dominar en el enfermo algo que se rebelaba contra ello, imponiéndose así al médico un esfuerzo. Este esfuerzo variaba mucho según los casos, creciendo en razón directa de la gravedad de lo olvidado, y constituía la medida de la resistencia del enfermo. De este modo surgió la teoría de la represión. (…) La teoría de la represión constituyó la base principal de la comprensión de las neurosis e impuso una modificación de la labor terapéutica. Su fin no era ya hacer volver a los caminos normales los afectos extraviados por una falsa ruta, sino descubrir las represiones y suprimirlas mediante un juicio que aceptase o condenase definitivamente lo excluido por la represión. En acatamiento a este nuevo estado de cosas, di al método de investigación y curación resultante el nombre de psicoanálisis en sustitución del de catarsis."(297) A propósito de su antigua polémica -a la que se refiere muy brevemente- con Pierre Janet, quien había tratado de atribuirse el mérito de su invención llegando a afirmar que lo único valioso del psicoanálisis radicaba en lo que Freud había tomado de sus teorías, nos dice que tal psiquiatra había acabado por menguar el valor de su propia obra porque, con tal de atacarle, hasta declaró que cuando él "hablaba de actos psíquicos 'inconscientes', ello no constituía sino 'façon de parler'", mientras que… "Para el psicoanálisis todo es, en un principio, inconsciente, y la cualidad de la conciencia puede agregarse después o faltar en absoluto."(298) Y sigue explicándonos a continuación cómo tal afirmación tropezó con la oposición de los filósofos, para quienes lo consciente y lo psíquico (y el yo, podemos añadir) eran la misma cosa, así como otras cuestiones de las que ya nos hablaba en su artículo "Lo inconsciente", de 1915, hasta terminar recordando -lo que no viene nada mal por cuanto advertíamos en la introducción sobre la necesidad de evitar los dogmatismos en psicoanálisis- que: "Más difícil sería exponer sintéticamente cómo el psicoanálisis ha llegado a articular el psiquismo inconsciente, cuya existencia reconoce, descomponiéndolo en un psiquismo preconsciente y un psiquismo propiamente inconsciente. Creemos bastará hacer constar que parece legítimo completar aquellas teorías que constituyen la expresión directa de la experiencia empírica con hipótesis adecuadas al dominio de la materia relativa a circunstancias que no pueden ser objeto de la observación inmediata. No de otro modo suele procederse en disciplinas científicas más antiguas que la nuestra. La articulación de lo inconsciente se halla enlazada con la tentativa de representarnos el aparato anímico compuesto por una serie de instancias o sistemas de cuya relación entre sí hablamos desde un punto de vista espacial, independiente en absoluto de la anatomía real del cerebro. Es éste el punto de vista que calificamos de tópico. Éstas y otras ideas análogas pertenecen a una superestructura especulativa del psicoanálisis, cada uno de cuyos fragmentos puede ser sacrificado o cambiado por otro, sin perjuicio ni sentimiento alguno, en cuanto resulte insuficiente."(299) Retrocede entonces nuevamente desde 1915 hasta finales del siglo XIX para hablarnos, en primer lugar, de las resistencias con las que se hubo de enfrentar cuando dedujo de su trabajo con sus pacientes adultos la existencia de la sexualidad infantil: "Son muy pocos los descubrimientos del psicoanálisis que han tropezado con una repulsa tan general y provocado tanta indignación como la afirmación de que la función sexual se inicia con la vida misma y se manifiesta ya en la infancia por importantísimos fenómenos. Y, sin embargo, ningún otro descubrimiento psicoanalítico puede ser demostrado tan fácil y completamente como éste."(300) Y, en segundo lugar, de su perplejidad posterior cuando se vio forzado a reconocer que las escenas de corrupción que le relataban sus pacientes adultos que habían sufrido durante la infancia no habían sucedido nunca, sino que eran tan sólo fantasías imaginadas, lo que por otra parte le posibilitó el descubrir la "realidad psíquica" y el complejo de Edipo, tal y como ya estudiamos en nuestro apartado dedicado a "Los orígenes del psicoanálisis". Pero ahora, prosiguiendo con la sexualidad infantil y su primera teoría de las pulsiones, se adentra en la explicación del desarrollo de la libido, el proceso del hallazgo de objeto, la fase de la primacía fálica, el complejo de Edipo y el complejo de castración, de todo lo cual conviene que reproduzcamos íntegramente los tres siguientes párrafos, junto con las dos notas que añade en 1935, porque sintetizan bastante bien lo fundamental de sus ideas al respecto expuestas en los "Tres ensayos sobre una teoría sexual" de 1905 y sus ediciones posteriores, "La organización genital infantil" de 1923, etc., y nos facilitará más adelante, cuando lleguemos al estudio de Lacan, comprender en qué puntos coinciden y en cuáles divergen en estos conceptos ambos autores: "La función sexual existía, pues, desde un principio, se apoyaba primeramente en las demás funciones importantes para la conservación de la vida y se hacía luego independiente, pasando por un largo y complicado desarrollo hasta llegar a constituir lo que conocemos con el nombre de vida sexual normal del adulto. Se manifestaba primero como actividad de toda una serie de 'componentes pulsionales' dependientes de zonas somáticas 'erógenas', componentes que aparecían en parte formando pares antitéticos (sadismo-masoquismo, pulsión de contemplación-exhibicionismo), partían, independientemente unos de otros, a la conquista del placer y encontraban generalmente su objeto en el propio cuerpo. De este modo, la función sexual no se hallaba al principio centrada y era predominantemente 'autoerótica'. Más tarde tenían efecto en ella diversas síntesis. Un primer grado de organización aparecía bajo el predominio de los componentes 'orales'; luego seguía una fase sádico-anal, y sólo la tercera fase, posteriormente alcanzada, traía consigo la primacía de los genitales, con lo cual entraba la función sexual al servicio de la reproducción. Durante este desarrollo quedaban desechados o dedicados a otros usos determinados factores pulsionales, que demostraban ser inútiles para dicho fin último, siendo otros desviados de sus fines y transferidos a la organización genital. La energía de las pulsiones sexuales, y sólo de ellas, recibió el nombre de 'libido', y hube de suponer que esta libido no realizaba siempre, sin defecto ninguno, la evolución antes descrita. A consecuencia de la superior intensidad de algunos componentes, o de satisfacciones prematuras, se producen, efectivamente, fijaciones de la libido a determinados lugares del desarrollo. Hacia estos lugares retorna luego la libido cuando tiene efecto una represión posterior (regresión). Observaciones posteriores demostraron que el lugar de la fijación es también decisivo para la 'elección de neurosis', o sea, para la forma que adopta la enfermedad ulterior. Paralelamente a la organización de la libido se desarrolla el proceso del hallazgo de objeto, proceso al que se halla adscrita una importantísima misión en la vida anímica. El primer objeto erótico posterior al estadio del 'autoerotismo' es, para ambos sexos, la madre, cuyo órgano alimenticio no fue distinguido al principio del propio cuerpo. Más tarde, pero aún en los primeros años infantiles, se establece la relación del 'complejo de Edipo', en la cual concentra el niño, sobre la persona de la madre, sus deseos sexuales y desarrolla impulsos hostiles contra el padre, considerado como un rival. Ésta es también, 'mutatis mutandis', la actitud de la niña. (Nota de 1935: La información respecto a la sexualidad infantil se obtuvo del estudio de hombres y la teoría de ella deducida concernía al niño varón. Era casi natural esperar encontrar un completo paralelismo entre los dos sexos; sin embargo, resultó insostenible tal idea. Investigaciones y pensamientos posteriores reflejaron profundas diferencias en el desarrollo sexual de hombres y mujeres. El primer objeto sexual para un lactante femenino -y lo mismo para el masculino- es su madre. La mujer antes de llegar al término de su desarrollo normal debe cambiar no sólo su objeto sexual, sino también la primacía de su zona genital. Las dificultades surgen de esta circunstancia, tales como inhibiciones no halladas en hombres). Todas las variaciones y consecuencias del complejo de Edipo son importantísimas. La constitución bisexual innata interviene también y multiplica el número de las tendencias simultáneamente dadas. Transcurre bastante tiempo hasta que el niño se da clara cuenta de la diferencia de los sexos, y durante esta época de investigación sexual crea, para su uso particular, teorías sexuales típicas que, dependiendo de la imperfecta organización somática infantil, mezclan lo verdadero con lo falso, sin conseguir solucionar los problemas de la vida sexual (el enigma de la Esfinge, o sea, el de la procedencia de los niños). La primera elección de objeto infantil es, pues, incestuosa. Toda la evolución aquí descrita es efectuada rápidamente. El carácter más singular de la vida sexual humana es su división en dos fases, con una pauta intermedia. Alcanza su primer punto culminante en el cuarto y quinto años de la vida, pasados los cuales desaparece esta temprana floración de la sexualidad y sucumben a la represión las tendencias hasta entonces muy intensas, surgiendo el 'período de latencia', que dura hasta la pubertad, y en cuyo transcurso quedan edificadas las formaciones reactivas de la moral, el pudor y la repugnancia. (Nota de 1935: El período de latencia es un fenómeno fisiológico. Sin embargo, solamente en organizaciones de culturas donde la supresión de la sexualidad infantil forma parte de sus sistemas es donde tal período puede dar lugar a una interrupción completa de la vida sexual. No es éste el caso de la mayoría de los pueblos primitivos). Esta división del desarrollo sexual parece ser privativa del hombre y constituye quizás la condición biológica de su disposición a la neurosis. Con la pubertad quedan reanimadas las tendencias y las cargas de objeto de las épocas tempranas, incluso los ligámenes sentimentales del complejo de Edipo. En la vida sexual de la pubertad luchan entre sí los impulsos de la primera fase y las inhibiciones del período de latencia. Hallándose aún el desarrollo sexual infantil en su punto culminante, se formó una especie de organización genital; pero en ella sólo desempeñaba un papel el genital masculino, permaneciendo ignorado el femenino. Es esto lo que conocemos con el nombre de 'primacía fálica'. La antítesis de los sexos no equivalía entonces a la de 'masculino' y 'femenino', sino a la del poseedor de un pene y el castrado. El complejo de la castración, enlazado con esta circunstancia, es importantísimo para la formación del carácter y de la neurosis."(301) Freud finaliza este capítulo explicando que las ampliaciones que llevó a cabo del concepto de la sexualidad consistieron, en primer lugar, en desligarla de su relación -que hasta entonces se consideraba exclusiva- con la reproducción, para señalar que antes de nada se halla orientada al placer; y después, en la inclusión en ella también de los impulsos cariñosos, amistosos o amorosos como tendencias sexuales coartadas en su fin o sublimadas. Y con respecto a la primera, que es la que considera como la fundamental, agrega que: "(…) presenta la ventaja de permitirnos considerar la actividad sexual de los niños y de los perversos desde el mismo punto de vista que la de los adultos normales. De estas actividades sexuales -la infantil y la perversa- era la primera completamente desatendida y condenada la segunda con gran indignación moral, pero sin comprensión alguna. Para la concepción psicoanalítica también las más extrañas y repugnantes perversiones constituyen una manifestación de pulsiones sexuales parciales que se han sustraído a la primacía del órgano genital y aspiran independientemente al placer, como en las épocas primitivas del desarrollo de la libido. La más importante de estas perversiones, o sea la homosexualidad, merece apenas el nombre de tal. Depende de la bisexualidad constitucional y de la repercusión de la primacía fálica. Pero, además, el psicoanálisis nos demuestra que todo individuo entraña algo de una elección de objeto homosexual. Si hemos calificado a los niños de 'polimórficamente perversos', ello no constituía sino una descripción efectuada en términos generalmente usados, pero no una valoración moral. Tales valoraciones se hallan muy lejos del psicoanálisis."(302) Si bien sólo un par de años después, en 1927, publica Freud su artículo sobre el "Fetichismo", y en 1932 presenta Sandor Ferenczi en el XII Congreso Internacional de Psicoanálisis su ponencia sobre "Las pasiones de los adultos y su influencia sobre el desarrollo del carácter y de la sexualidad del niño"(303), en la que cuestiona claramente la equiparación entre sexualidad infantil y perversión, la ausencia de notas posteriores a pie de página, como las que hemos apuntado de 1935 en relación al párrafo antes citado, nos revela que la concepción de Freud sobre estos temas no variará ya en lo esencial. En otras palabras, es como si pretendiera mantener que los perversos son en el fondo como niños y que los niños son unos perversillos por sus travesuras y jugueteos eróticos. Incluso al calificar la homosexualidad como la más importante de las perversiones (como era usual considerarla en su época) y señalar a continuación que apenas merece el nombre de tal, que todo individuo entraña algo de una elección de objeto homosexual, parece que quisiera adherirse a ese pensamiento tan común de que todos somos un poco buenos y un poco malos. En lo relativo a estas cuestiones, pues, Freud seguirá siendo siempre algo "ingenuo". Lacan, sin embargo, al considerar el fetichismo como la "perversión de las perversiones" y diferenciar ésta con nitidez de la elección de objeto homosexual o heterosexual, como estudiaremos mejor más adelante, para hacerla depender exclusivamente del mecanismo de la "verleugnung", el mecanismo de la renegación que permite al perverso establecer esa peculiar relación en la que se sitúa en la posición de objeto frente al otro, de instrumento de su división subjetiva, para anularle y angustiarle(304), acentuará el significado etimológico del término y será más "realista", podríamos decir, que Freud. Planteará más claro entonces que la maldad existe, que independientemente de que la mayoría podamos ser un poco malos y un poco buenos (porque absolutamente buenos sólo lo son los "santos" de la Iglesia Católica), hay también gente que es fundamentalmente mala y que nos podemos encontrar en todas partes, no sólo entre los homosexuales, sino incluso entre los niños (como ya tuvimos oportunidad de comprobar examinando el artículo de Ferenczi sobre el pequeño Arpad que citábamos en el apartado correspondiente a "Tótem y tabú") y hasta entre los didactas y supervisores de las asociaciones de psicoanálisis, como advertíamos en la introducción. © ANTONIO SALVATIERRA CITAS: (297) Ídem, págs. 2773 y 2774. |
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