Freud en 1938, mientras redactaba su “Compendio del psicoanálisis”. |
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FAQ SOBRE PSICOANÁLISISComo preámbulo a la recopilación que realizo aquí, a petición de algunos lectores, de varias de las preguntas que más frecuentemente me formulan sobre el psicoanálisis junto con algunas de las respuestas breves que suelo brindar, aprovecharé para advertirles que, como ya señalaba Lacan, aunque no hay enseñanza -incluyendo la suya- que no se refiera a un ideal de simplicidad, eso no implica para nada que podamos suponer que lo real sea simple. 2) ¿Es una especialidad de la medicina, de la psiquiatría, de la psicología o de la filosofía?. 3) ¿Es una ciencia, una ideología, una creencia,…?. 4) ¿Era Freud un obseso sexual, un machista o tantas otras cosas parecidas que se dicen de él?. 6) ¿Qué es y qué no es psicoanálisis?. 7) ¿Para qué sirve el psicoanálisis?. 9) ¿Requiere muchas sesiones a la semana, lleva muchos años?. 10) ¿Y si deseo saber más sobre psicoanálisis?.
El Dr. Freud, profesor de neuropatología en la Universidad de Viena, tras inventarlo en dicha ciudad entre finales del siglo XIX y principios del XX, lo definió tan sólo como un método de investigación del aparato psíquico y la teoría que del mismo se desprendía, con la que construía su técnica para la curación de las neurosis, pero el psicoanálisis se fue después desarrollando hasta llegar a convertirse -también con las aportaciones de otros autores, fundamentalmente las de Lacan- en una disciplina que desde entonces viene subvirtiendo toda nuestra cultura, nuestra concepción tanto del hombre como de su universo.
La respuesta, ya desde el mismo Freud, siempre ha sido rotunda: “No”. Es más, desde Lacan (que fue doctor en psiquiatría y catedrático de psicoanálisis), el psicoanálisis afirma de manera aún más reiterada que es una disciplina absolutamente independiente de cualquier otra, así como su incompatibilidad radical con las concepciones filosóficas, médicas, psiquiátricas o psicológicas acerca del psiquismo.
Para Freud el psicoanálisis era sin duda una ciencia, tanto como pudiera serlo cualquier ciencia de la naturaleza. Para Lacan, que en sus comienzos adoptó una posición similar al respecto, la cuestión se fue complicando en la medida en que fue trabajando el concepto de ciencia desde la perspectiva del psicoanálisis (no hay que olvidar que la ciencia al fin y al cabo se venía fundamentando en una “‘Filosofía’ de la Ciencia”, o sea, en unas concepciones filosóficas en las que muchos aún buscan su basamento) hasta terminar encuadrándolo más bien como un saber que puede dar cuenta de sus razones porque está sostenido en una praxis, en una clínica, la clínica psicoanalítica en constante investigación y desarrollo. Luego de lo que no se trata, en absoluto, es de ninguna ideología o creencia. Si bien algunos psicoanalistas pueden, por otro lado, declararse seguidores de cualquier ideología política o creencia religiosa, esto viene a ser por lo mismo que -incluso habiendo sido psicoanalizados previamente- ninguno podemos evitar padecer de algunos prejuicios… ¡como todo el mundo!.
Como todo el mundo, Freud también tenía sus prejuicios y contradicciones, así como su ideología política (que en el aspecto económico era conservadora), pero no era un obseso sexual ni un machista. Con respecto al sexo destacó que lo importante es que se unan el deseo y el amor en la relación sexual, poder amar y tener satisfacción sexual con la misma persona, independientemente de que existan muchas otras formas de amor que no precisan del sexo. Su concepción de la sexualidad fue pues mucho más abierta de lo que era común en su época y estaba a la altura de cuanto se suele considerar como obvio en la nuestra -aunque no podamos cuantificar en qué medida eso ha sido posible gracias a su contribución. Por poner unos ejemplos, ya raramente escandalizan hoy en día sus afirmaciones sobre la existencia de una sexualidad infantil, que por aquel entonces tanto le criticaron, y a las mujeres no sólo las admitió como psicoanalistas cuando aún luchaban por abrirse camino en muchas otras profesiones, sino que también las requería para que contribuyeran a las investigaciones sobre la sexualidad femenina. Lo que debe llamar nuestra atención, por otra parte, es que si a principios del siglo XX las objeciones que se le hacían se resumían en que, por así decirlo, “iba demasiado lejos”, en la actualidad lo que se le viene a reprochar es que “ha sido superado”, “ha quedado anticuado”, etc. Pero tanto las primeras como las últimas descalificaciones son motivadas por lo que él mismo denominó como “las resistencias contra el psicoanálisis”. Para quienes, como los psicoterapeutas, se ubican en estas posiciones de resistencias contra el psicoanálisis (porque se niegan a admitir que lo psíquico en sí es inconsciente y que la consciencia sólo es una cualidad que puede agregarse o no a cada acto psíquico, o la trascendencia de la temprana vida sexual infantil, etc.), el psicoanálisis siempre ha estado, está y estará en decadencia, aunque en realidad desde que se inventó se extiende, se expande cada vez más por el mundo, como “la peste”, que ironizaba Lacan. Ahora bien, en determinados períodos y lugares concretos, como por ejemplo en Sevilla en los últimos veinticinco años, sí es cierto que en lugar de avances se han producido retrocesos muy decepcionantes, ya que algunos de los personajes que decían venir de París y Madrid para promover el movimiento lacaniano en esta ciudad durante la década de los ochenta, llegaron a perjudicar al interés creciente por el psicoanálisis tras la transición (lo que es fácil de corroborar preguntando por ejemplo en cualquier librería universitaria de entre las que subsisten de aquella época) casi tanto como el movimiento franquista al que nacía en la segunda república. Es decir, que más nos dañan los que Lacan denominaba “canallas del psicoanálisis” que los psicoterapeutas, canallas que lamentablemente, y por extraño que pueda parecer, se encuentran con igual frecuencia dentro que fuera de las asociaciones de psicoanalistas -como sus más renombrados dirigentes no suelen tener inconveniente en aceptar. Por otra parte, el tema de las escuelas y asociaciones de psicoanálisis (que comencé a comentar en el capítulo de mi investigación sobre las fobias dedicado a la “Autobiografía” de Freud) suscita a su vez muchas cuestiones entre las cuales la más importante es la siguiente:
Como ya se habrá deducido, resulta bastante más fácil tratar de aportar una respuesta breve a lo segundo que a lo primero: Para empezar, el psicoanálisis no es sugestión. No es función de un psicoanalista aconsejarle u orientarle sobre lo que le conviene o no hacer o pensar, lo que le puede beneficiar o perjudicar, etc. Pero si la oposición entre el psicoanálisis y la hipnoterapia se hace así evidente, no es tan simple distinguirlo de las formas de sugestión a las que puede verse sometido bajo la influencia de la transferencia (que se establece siempre ineludiblemente en toda relación) si acude a practicantes de otras psicoterapias, y ello con independencia de que éstos se encuentren afiliados, o no, a una u otra asociación de psicoanalistas. Lo que nosotros defendemos que es el psicoanálisis no es, por citar un solo ejemplo, lo que generalmente se considera como psicoanálisis en EEUU y que a los directores de cine norteamericanos como Woody Allen tanto les divierte -y con razón- parodiar en sus películas. El psicoanálisis, en definitiva, no es una psicoterapia ni se basa en la sugestión: no promete la curación, ni la felicidad, etc.; de hecho, ninguna de dichas psicoterapias se las proporcionará. Si sufre de algún síntoma, la curación quizás la obtenga psicoanalizándose, pero, en todo caso, por una transmutación más amplia, por lo que se suele decir “por añadidura”. Por añadidura, en primer lugar, a lo que descubra buscando tras su síntoma y a lo que usted libremente decida hacer con ello, para lo cual tendrá que esforzarse por conseguir verbalizar cuanto vaya pensando en el diván siguiendo la regla básica de la asociación libre, proponiéndose no censurar nada, así como por analizar las formaciones del inconsciente que le irán surgiendo en ese discurso (sueños, lapsus, olvidos, etc.); mientras que la función de su psicoanalista no radicará en otra cosa, ni más ni menos, que en saber escucharle y ayudarle a analizarse bien.
Dando por descontado que, como advertíamos más arriba, los psicoterapeutas (conductistas, cognitivistas, hipnoterapeutas, etc.) debido a sus resistencias prefieren pensar que no sirve para nada, algunos psicoanalistas sostienen que con su técnica pueden abarcar prácticamente todos los malestares y otros afirman que sólo tiene indicaciones muy específicas, tanto que elaboran para el psicoanálisis casi una especie de prospecto como si fuese una medicación. En realidad, ambas modalidades de respuestas son incorrectas porque el psicoanálisis no se aplica a un determinado malestar o síntoma, sino al sujeto que lo padece. De modo que la pregunta pertinente es ¿a quiénes puede ser útil?: A todos los que sufren por alguna causa psíquica -o las llamadas enfermedades psicosomáticas- y desean cambiar para mejorar su situación y su forma de vivir. Ni tan siquiera es preciso que crean que el psicoanálisis les podrá ayudar porque eso lo podrán comprobar desde las primeras entrevistas. Obsérvese que esta respuesta incluye desde el ama de casa que ya está harta de su rutina cotidiana pero desconoce qué hacer para salir de la monotonía que la angustia, hasta a los niños con diversos problemas y los psicóticos, porque si éstos no pueden pedirla, a sus padres o familiares sí les es fácil deducir cuándo necesitan de asistencia especializada por tales motivos, y cuando nos los traen a consulta habitualmente encontramos que también suelen cumplir la segunda condición, que desean superar sus dificultades en la vida. Otra cuestión distinta es que en estos últimos casos, de niños o psicóticos, en vez del psicoanálisis tradicional se aplican otras variantes técnicas que se ajustan mejor a sus posibilidades. Psicoanalizarse no tiene por qué ser “caro”, lo que sí tiene que ser es “deseado”. Por ello, aunque cada profesional fija sus honorarios como considera conveniente, nosotros solemos ajustarlos a las posibilidades económicas de quienes acuden a consultarnos teniendo presente, eso sí, que siempre han de representar un cierto esfuerzo para todos, ya que con el pago de cada entrevista o sesión han de demostrarnos y demostrarse su deseo de progresar en su análisis. Así, por ejemplo, cuando en alguna institución se aplica el psicoanálisis a niños de familias sin recursos, una de las modalidades de pago que se les solicita a los pequeños es la de realizar un dibujo para su analista durante cada sesión a cambio de su dedicación.
El número de sesiones a la semana varía según las necesidades particulares de cada caso, pero cuando el analizante ha de desplazarse desde otra ciudad para visitar a su analista, a veces es posible distribuir varias sesiones a lo largo de un mismo día para que éste pueda disminuir el número de viajes que ha de realizar. Los años que se precisan varían igualmente en cada caso, pero como la última decisión al respecto depende siempre del sujeto en cuestión (al contrario de lo que sucede con la duración, o mejor dicho, el momento más conveniente para finalizar cada una de las sesiones, que es el psicoanalista quien lo determina), hay quienes incluso en pocos meses consideran que ya han conseguido resolver la dificultad por la que lo comenzaron y que no lo necesitan continuar. Lo que es seguro entonces es que, hasta los que no han llegado realmente a lograr la cura de su síntoma, al menos alguna mejoría importante habrán experimentado. Un psicoanálisis de muchos años, que alcance lo que Lacan denominaba como su “final lógico” (que está más allá de la mera cura sintomática), sólo es exigible para quienes elegimos esta profesión.
Será conveniente que se analice. Por supuesto hay muchos libros que se pueden leer sobre la teoría psicoanalítica, pero no existe otra manera de saber lo que es en verdad la técnica que pasando por un análisis personal. Por ese motivo, no es cierto que se pueda ser psicoanalista sin haberse analizado, ni siquiera -como pretenden algunos- estudiando las obras sobre técnica psicoanalítica y supervisando sus primeros casos durante muchos años. Los libros al respecto y la supervisión de casos no pueden transmitir nunca la complejidad de la técnica como el hecho de haberla experimentado uno mismo. El autoanálisis fue posible para Freud porque contó con su correspondencia con Fliess, pero para los demás sólo es útil paralelamente y con posterioridad a nuestro análisis personal. Por otra parte, de esos muchos libros que dicen tratar sobre psicoanálisis… ¿cómo saber cuáles son realmente de interés y cuáles no?. Para ello no sólo es recomendable analizarse sino también seguir una investigación en profundidad -acudiendo principalmente a las obras de los autores que lo crearon, las de Freud y Lacan- que abarque todos los conceptos fundamentales; una investigación como, por ejemplo, la que vengo publicando sobre las fobias en esta misma Web. © ANTONIO SALVATIERRA |
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